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Eres como un fuego artificial

a punto de explotar.

Sabiendo que el mechero

ya ha encendido su llama

y que es demasiado tarde,

mantiene la esperanza

de que nada estalle,

de que nada cambie.

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Paseaba por la ciudad, perdida

entre canciones que creía olvidadas,

y recorría cada rincón

recordando su compás

e intentando adaptarse

al ritmo de las pisadas

de los peatones que cruzaban.

 

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Eras la poesía
que todos conocíamos
pero que ninguno conseguíamos alcanzar.
Eras el viento
que nos impulsaba a salir
las noches de madrugada.
Y también eras
el único que podía convencernos
para echarnos la última.

 

Si te internas en las entrañas del bosque solo puedes respirar profundamente y esperar que tus ideas no se congelen en el proceso.

 

 

A veces siento

que formo parte de un libro ya impreso

escondido en una librería remota.

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Era una tarde muy oscura,

en el medio del jardín.

Las farolas, todas negras,

ocultaban tu perfil.

 

 

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Dame una palabra y te escribiré un cuento,

Dame una imagen y te pintaré un cuadro,

Dame una nota y de mi boca fluirá

 la melodía de tu banda sonora.

 

Globetrotter Kiro Urdin

 

 

Entra en el bar después de su quinto whisky

y ya no se acuerda

ni recuerda quién era.

Ni qué fue lo último que dijo al salir de casa.

Ni quién le espera.

Ni siquiera visualiza el cuadro de la entrada,

el que le regaló su hija el otro día,

nada más llegar a casa.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos