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A todos nos asustaba la idea de ir a casa de mi amiga Clara. Era bien sabido lo que sus entrañas guardaban, aunque nadie se hubiera atrevido a hablar de aquello desde el incidente.

Clara era tímida y cerrada. Aún así, tenía ese poder de liderazgo con el que solo se nace. Por eso la mayor parte de la clase no hacía preguntas, solo ponían su fe ciega en manos de una niña callada y más blanca que la leche de las ovejas del rancho de mi tío. Yo no era excepción, Clara había sido mi mejor amiga desde la guardería, no obstante, por aquel entonces su personalidad era distinta. Era extraño el día en el que llegábamos a casa antes de las seis, y siempre nos quedábamos en el parque jugando a ser espías de la Reina hasta que nuestros padres agotaban la conversación. Con el tiempo aprendimos que, si el debate trataba de política, ese día se nos haría de noche en el parque y entonces podríamos escondernos de los duendes con más facilidad.

 

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Miró al frente,

eso le habían dicho siempre los de atrás,

«mirada al frente,

un paso en falso,

y nos quitarán un blanco.»

 

 

 

            Leía tantos libros que, muchas veces, su cerebro mezclaba realidad y fantasía de una manera tan profunda y tan clara, que tenía que concentrarse para saber qué acontecimientos le habían sucedido a ella y cuáles a los protagonistas de las historias que leía. O, al menos, eso me dijo el día que nos conocimos.

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Se sentaba siempre debajo del sauce a leer.

Le gustaba porque sabía que siempre había estado ahí,

muchos años antes de su nacimiento,

e incluso siglos antes de la fundación del pueblo.

Apreciaba sus raíces y bebía del goteo de sus ramas los días de lluvia.

 

 

 

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Nunca pensó que el futuro llegaría tan pronto.

Nunca se paró a pensar que el futuro es ahora,

pero ya mismo.

No se dio cuenta de que el mañana no existe,

que es un invento de la sociedad

para convencernos de que lo que más nos gusta

siempre se puede hacer luego.

Después. Cuando termines.

Que lo importante es el trabajo,

que sin dinero no llegas a ningún sitio, niño.

 

Los tres mosqueteros eran amigos

Desde que empezaron a andar.

Todos ellos con ambiciones diferentes:

Uno artista, otro científico,

y, el último, dependiente.

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Un círculo que se transforma en un cuadrado.

Un día feliz que de repente se torna algo gris,

Y, por mucho que frotes, la mancha sigue ahí.

Una ciudad desconocida que se convierte en tu casa.

Un baúl olvidado en medio del armario,

en el que guardaba tus poesías,

nuestras poesías.

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El viento era fuerte, la marea estaba alta.

Y aun así ella esperaba en el puente a que él regresara.

Un niño sin pelota, una niña sin nombre y una nota.

Palabras medio borradas, los bordes gastados por el tiempo y por las lágrimas.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos