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La vi por primera vez aquél día en el parque,

no sé si fue un viernes o un sábado,

pero en cuanto nos sentamos

allí estaba ella delante.

 

Cañonazos iluminando el puerto,

Gritos ahogados por el viento,

Papeles en blanco ardiendo,

Folios escritos que se hunden

en el agua oscura,

junto con los recuerdos.

 

En la entrada del parque

En la entrada del parque-John Atkinson Grimshaw

Caminaba tranquila, pensando en nada y en todo. Sus pasos resonaban de fondo, pero ella no los escuchaba. Inmersa en la melodía que salía de sus cascos, sus pies se movían al ritmo de la sintonía. Nadie dudaría de la fuerza de sus pasos. No obstante, la duda estaba allí. Presente, como una sombra.

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(Sergio Martinez Cifuentes- niña bailarina al óleo)

 

La bailarina ensaya la danza del infierno,

La bailarina lucha para no caer en el fuego.

De las llamas surgen bombas,

Comida basura y un grifo.

Del grifo sale agua,

Que nunca se corta,

Pero tampoco apaga las llamas.

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A todos nos asustaba la idea de ir a casa de mi amiga Clara. Era bien sabido lo que sus entrañas guardaban, aunque nadie se hubiera atrevido a hablar de aquello desde el incidente.

Clara era tímida y cerrada. Aún así, tenía ese poder de liderazgo con el que solo se nace. Por eso la mayor parte de la clase no hacía preguntas, solo ponían su fe ciega en manos de una niña callada y más blanca que la leche de las ovejas del rancho de mi tío. Yo no era excepción, Clara había sido mi mejor amiga desde la guardería, no obstante, por aquel entonces su personalidad era distinta. Era extraño el día en el que llegábamos a casa antes de las seis, y siempre nos quedábamos en el parque jugando a ser espías de la Reina hasta que nuestros padres agotaban la conversación. Con el tiempo aprendimos que, si el debate trataba de política, ese día se nos haría de noche en el parque y entonces podríamos escondernos de los duendes con más facilidad.

 

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Miró al frente,

eso le habían dicho siempre los de atrás,

«mirada al frente,

un paso en falso,

y nos quitarán un blanco.»

 

 

 

            Leía tantos libros que, muchas veces, su cerebro mezclaba realidad y fantasía de una manera tan profunda y tan clara, que tenía que concentrarse para saber qué acontecimientos le habían sucedido a ella y cuáles a los protagonistas de las historias que leía. O, al menos, eso me dijo el día que nos conocimos.

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Se sentaba siempre debajo del sauce a leer.

Le gustaba porque sabía que siempre había estado ahí,

muchos años antes de su nacimiento,

e incluso siglos antes de la fundación del pueblo.

Apreciaba sus raíces y bebía del goteo de sus ramas los días de lluvia.

 

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos