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De pequeño casi me ahogo. Era verano y mis padres habían decidido llevarme a la playa por primera vez. Estaba preparado para entrar al mar y sorprenderles con los nuevos movimientos que me habían enseñando en clase de natación, pero no fue posible. Sabe Dios por qué, se me ocurrió cerrar los ojos y respirar profundamente como había visto hacer a los nadadores profesionales en las Olimpiadas, justo cuando una ola ―pequeña para los adultos de altura media, pero similar a la que aparece en la película La Tormenta Perfecta para mí, un mocoso de nueve años― decidió arrasar conmigo y mis recién estrenadas gafas de bucear ―y si George Clooney no pudo con aquella ola gigante… ¿Qué posibilidades iba a tener yo?

 

Mientras notaba la presión del agua rodeándome el cuerpo, pensé que la experiencia había sido divertida, quizás hubiera preferido aguantar un poco más… pero a los nueve años ya sabía que no podías esperar nada de la vida, a no ser que quisieras arriesgarte a que te lo quitase. La vida, para mí, era como tratar de convencer a mi hermano pequeño de algo, siempre me llevaría la contraria. Sin embargo, después de lo que me pareció una eternidad y contra todo pronóstico, conseguí tocar la arena y me agarré a ella con todas mis fuerzas hasta que alguien me cogió del brazo. Mi padre me salvó la vida aquél día.

A raíz de ese episodio empecé a sufrir Eisoptrofobia. Miedo a mi propio reflejo. Cada vez que intentaba mirarme a un espejo, revivía el episodio. Me ahogaba y el sudor me empapaba la camiseta. Mis padres lo intentaron todo para solucionar mi problema. Psicólogos, mindfulness, incluso me sometí a una sesión de hipnosis. Nada funcionó del todo, pero al cabo de un tiempo era capaz de ponerme enfrente del espejo y peinarme o cepillarme los dientes... Aunque nunca fui capaz de volver a mirarme a los ojos, ni de acercarme al mar.

Cuando cumplí 30 años mi novia de entonces me propuso hacer un viaje a la costa, a La Playa Azul, un pequeño pueblo en la zona más fría del país. Al principio, me negué alegando un resfriado. ¡Cómo iba uno a recuperarse de un resfriado en el Norte! Imposible. Pero después decidí aceptar. A ella le hacía ilusión y yo siempre podía mantenerme alejado del mar, pues solo los lugareños se atrevían a introducirse en el agua debido a sus bajas temperaturas. Corría el rumor de que algunas personas tenían la capacidad de escuchar las canciones que componía el romper de las olas y, atraídos por este efecto acústico, se sumergían en las profundidades del mar para aparecer, años más tarde, convertidos en estatuas de hielo en las costas de alguna playa caribeña.

Así que, un nublado día de principios de marzo hicimos las maletas y pusimos rumbo al pequeño hotel que habíamos reservado la noche anterior con prisas. Llegamos cuando la luna ya estaba en lo alto y decidimos irnos directamente a la cama. Esa noche no pude pegar ojo. Cada vez que conseguía conciliar el sueño me parecía notar que el suelo se movía. De la misma forma en la que sientes que tu cama se inclina después de haber tomado diez cervezas, sentía como mi cuerpo se balanceaba sin tregua y sin que yo pudiera evitarlo.

Al día siguiente debía de tener muy mala cara, porque mi novia me sugirió que volviera a la habitación mientras ella se daba una vuelta por el paseo marítimo. Quedaríamos más tarde, para comer, en un parador que le habían recomendado. Muerto de cansancio, la despedí con un beso y la promesa de que luego iría con ella a descubrir el pueblo.

Creo que estuve una media hora tumbado en aquella cama, mirando al techo sin verlo, intentando invocar a Morfeo que, estaba seguro, se debía de haber escapado hace tiempo por la ventana.

Pasada otra hora, decidí darme una ducha de agua fría. Al entrar en el baño, me llevé una sorpresa cuando vi que una de las paredes era un espejo. Un espejo que reflejaba el váter, la ducha y el lavabo. Un espejo que no te dejaba escapatoria. Me iba a ver desnudo por primera vez desde los 9 años. "No seas cobarde", me dije. " Tienes 30 años. Te vas a duchar y te vas a mirar en el espejo. Todo el mundo lo hace. Es algo normal". Se me cruzó por la mente la idea de dejarlo para luego, pero después de la mala noche que había pasado tenía claro que sin una ducha nadie querría acercarse a mí. Así que hice de tripas corazón, me desnudé mirando hacia la ducha, y entré. Tendría que darme la vuelta en algún momento. Lo sabía. Tenía que enfrentarme a mí mismo. ¿Y si me miraba a los ojos? ¿Y si veía algo en mí que no me gustaba? ¿Y si me decepcionaba? Todos estos años había evitado mirarme a mí mismo... ¿Acaso llevaba 21 años teniendo miedo de mí? Probablemente, sí.

Tenía miedo. Pero también estaba muy cansado de estar en guerra conmigo. Salí de la ducha y, sin pararme a pensarlo, me miré a los ojos. Eran marrones oscuro. Muy oscuro. Me dio la impresión de que, juntos, formaban un solo laberinto; un laberinto en el que podía perderme y del que jamás conseguiría salir a no ser que encontrara la luz.

"Pero, ¿qué importancia tienen?" Pensé. "Solo son unos ojos. Son iguales que una pierna o una mano. Son miembros que tiene todo ser humano. No son nada especial... Y si no son especiales, ¿por qué te da miedo ver lo que hay y enfrentarte a lo que ves?"

Me di cuenta de que lo único que veía al mirarme al espejo era mi miedo reflejado. Todo aquello a lo que no quería enfrentarme estaba ahí, en mis pupilas, esperando con paciencia un remedio que me ayudara a encontrar la luz. La confianza que te otorgan aquellos ojos que, en cuanto los miras, te hacen sentir capaz de todo.

Mirarme tuvo un efecto muy raro en mí. Nunca me había sentido tan fuerte. Nunca me había sentido tan yo. Decidí llamar a mi novia y decirle que me iba a dar un baño.

―Sí, sí. En la playa. Con este frío. Así me despierto de verdad.

Me vestí y corrí hacia el paseo marítimo para comprarme un bañador. Después, me senté en la orilla, cerré los ojos y me centré en sentir como el agua bañaba mis pies y después se alejaba, despacio pero con ritmo. Congelándome y, a la vez, dejándome con ganas de más. El sonido de las olas me hipnotizaba y sentía como el cansancio se iba apoderando de mi cuerpo. En algún momento me levanté. No sé cuándo empecé a dar brazadas, y brazadas y más brazadas. Al abrir los ojos de nuevo, el pueblo era una simple mancha marrón en un cuadro en el que el azul arrasaba con todo.

Yo decidí seguir nadando hasta que, días más tarde, vislumbre un faro. Ahí sigo. Encontré mi luz. No he dejado de nadar desde entonces. De todas formas, las playas caribeñas nunca me interesaron.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos