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Me la volví a encontrar después de que finalizara mi divorcio. Había sido un año muy complicado, lleno de peleas sin sentido por cosas sin importancia. Al final, tenía la sensación de que solo nos peleábamos por miedo a lo que pasaría cuando todo terminara. No teníamos hijos en común y eso nos facilitaba las cosas, o al menos eso creí al principio. En la práctica, mi marido peleaba por la casa en la playa y el barco como si fueran sus retoños. Y yo, sencillamente, me negaba a que él se quedara con Bob, nuestro perro. Que en realidad era mí perro, pues lo había comprado sin consultarle para que me hiciera compañía ya que «el señor» trabajaba todos los días hasta altas horas de la noche. ¡Y por qué narices quería él ahora a Bob! Que yo recordara, le había sacado como mucho una o dos veces a pasear desde que lo traje de la perrera. Aunque, pensándolo bien, ¿qué iba a hacer yo ahora con un perro? Ni siquiera sabía que iba a hacer con mi vida… Precisamente en eso estaba pensando cuando me topé con Leyla.

—¿Kayra?

Sumergida en mis cavilaciones, al escuchar mi nombre creí que mis pensamientos me estaban recordando quién era yo.

—Kayra, ¿eres tú?

En ese momento me di cuenta de que la voz no procedía de mí, sino del exterior. Moví la cabeza intentando encontrar al portador de aquella voz. Y ahí estaba. Leyla, tan guapa como siempre. Llevaba
un vestido de flores ancho que le quedaba de maravilla y una sonrisa tan bonita que hizo que un par de jóvenes que pasaban por ahí no pudieran evitar mirarla con asombro. Sus mandíbulas se abrían como si estuvieran delante de la hamburguesa más jugosa. Estuve a punto de preguntarles si necesitaban un pañuelo o algo, pero me pareció un poco maleducado considerando que me
encontraba delante de una persona a la que no había visto desde hace por lo menos una década. 

—Aquí me tienes —dije yo. Nunca se me ha dado bien empezar conversaciones.

La sonrisa de Leyla se hizo todavía más ancha. Me sorprendió que fuera posible; a mí ya me costaba formar una sonrisa sin que pareciera sarcástica.

—Tú y tus bromas... hay cosas que nunca cambian.

Supongo. Supongo. Que se lo digan a mi marido ja, ja. Leyla me cogió del brazo y empezó a subir la calle tirando de mí.

—Venga, tengo que ir a comprar un par de cosas. Me acompañas y te invito a mi casa a tomar un café, ¿te apetece?

En ese momento no vi que tuviera mucha opción. Leyla me tenía agarrada por el brazo y tampoco quería llevarle la contraria. Nunca me había gustado dar mala impresión y, para ser sinceros, tenía curiosidad por saber qué había estado haciendo todos esos años.

—Vale, me apunto —respondí. —¿Qué vamos a comprar hoy?

Fuimos al super y nos dividimos. Leyla rompió un papelito que sacó del bolsillo y que llevaba doblado en cuatro. Siempre le había gustado escribir. Aun así, me resultó curioso que siguiera apuntando las cosas en papel y no en el móvil como cualquier persona normal a estas alturas del siglo. Mi parte de la lista estaba dividida en dos. Primero: tomates, huevos y queso. Vale, fácil de encontrar. Hecho. Segundo: infusión de cola de caballo, aceite de jojoba y borraja. Encontré la infusión, pero del aceite y la borraja no vi ni rastro; ni siquiera estaba segura de si el aceite de jojoba había que buscarlo en la sección de aceites y vinagres. Después de dar vueltas y vueltas por el super durante lo que me pareció una eternidad, me rendí y fui hacia el lugar en el que habíamos acordado encontrarnos. Leyla me estaba esperando. Le comenté que no había encontrado todo lo que aparecía en el papel. Ella hizo un gesto para quitarle importancia y me dijo que no me preocupara, que ya lo buscaría en otro sitio. Cuando salimos del super me llevó a su casa. Anduvimos unos cinco minutos y entramos en un edificio antiguo. El apartamento estaba en el cuarto piso, sin ascensor. Cuando subimos, mi mano estaba roja por el peso de la bolsa. La dejé en la primera silla que vi y empecé a mover la muñeca en círculos concéntricos mientras observaba la habitación en la que me encontraba. La decoración era antigua. El salón estaba lleno de cuadros renacentistas que mostraban paisajes llenos de naturaleza. Encima de la mesa que se encontraba en el centro había un montón de botes transparentes rellenos de líquidos de diferentes colores.

—¿Un vaso de agua? —preguntó Leyla desde la cocina. —O mejor —dijo mientras se esforzaba por hacerse escuchar desde la cocina. —¿Un vino? Me lo recomendaron el otro día; lo he visto en el super y he pensado «Venga, ¿por qué no?»

—Bueno… vale, ponme un vaso. Pero no lo llenes mucho, ¿eh? Que mañana tengo que trabajar. Leyla apareció poco después con la botella y dos vasos. Me indicó con la cabeza que la siguiera entramos a una salita con una mesa baja y cojines alrededor.

—Este es mi cuarto favorito del piso —comentó mientras dejaba las cosas en la mesa. —Compré estos cojines la última vez que fui a Turquía. ¡Una ganga!


Los cojines eran luminosos: rojos, naranjas, morados, amarillos; hacían que la pequeña sala pareciera aún más pequeña y contrastaban con la mesita, cuya decoración parecía haber salido de una tetera japonesa. Pequeños almendros en flor dejaban caer sus hojas rosadas que, a su vez, volaban en círculos hasta desaparecer por las esquinas. Encima de uno de los cojines había un libro manoseado por el tiempo. Me imaginé a Leyla sentada en el suelo con una taza de té mientras leía el libro concentrada. Nos sentamos a la mesa, yo con más dificultad que ella. El vestido de Leyla descendió hacia el sofá con gracia, como una pluma que desciende sin prisa hasta tocar la tierra. Yo ni siquiera me acordaba de la última vez que me había sentado en el suelo. Mi marido era muy maniático y siempre decía que comer en el suelo era una guarrería. Su voz resonó en mi mente: «somos adultos y comemos como adultos». Ahogué una mueca para no delatar el tirón que me había recorrido la espalda al intentar sentarme con delicadeza y le lancé una media sonrisa.

—Me gusta tu casa. Parece muy acogedora.

—¿Verdad? Estoy muy contenta. Como estoy sola, creía que nunca iba a poder permitirme un piso como este, pero con un poco de ayuda y mucha, mucha suerte lo conseguí. Bueno, dime, ¿qué tal te va? ¿En qué trabajas, por cierto? ¿Estás casada? Cuéntamelo todo.

—Pues… no sé. Estoy casada. No, divorciada. Estoy divorciada. Tengo un perro, Bob. ¿Quieres ver una foto? Es muy mono, solo tiene dos años. Trabajo en una multinacional. Nada interesante, aunque pagan bien. Poco más… me gustaría viajar algún día. Pero siempre me surge algo. Nunca he salido del país, ¿lo sabías?... ¿Y tú? Seguro que has tenido una vida mucho más emocionante. De hecho, creo que incluso en el colegio tenías una vida más emocionante que yo.

—No creas. Cuando nos graduamos me fui a vivir a Noruega. Siempre me ha gustado el frío y quería ver los fiordos. Allí me metí en un hotel, por lo visto les gusté, y al poco tiempo me salieron ofertas en todo el mundo. Decidí irme a Esmirna porque parte de mi familia es de allí, ¿te acuerdas? Y nada, al final eché de menos esto y volví. Aunque no sé cuánto me quedaré, creo que tengo ganas de volver a ver mundo. ¿Y por qué te divorciaste? No hace falta que respondas si no quieres…

—Bah, no pasa nada. He conocido a otra persona. Él todavía tiene unas cuantas cosas que resolver… pero pronto estaremos juntos. Igual un día nos encontramos en otra ciudad, ¿te imaginas?

—Sí, ¿por qué no? Quién sabe… —Leyla se quedó pensativa y se puso otra copa de vino. —Es curioso, cuando estábamos en el colegio siempre pensé que tendrías mucho éxito.

—¿Yo?... ¡¿yo?! Que va… Ahora me parece que fue ayer… Creía que lo tenía todo claro y después…

 Clavé la mirada en la mesa. El vino parecía más oscuro que antes; el Sol estaba perdiendo su luz. Fue a dar un trago y al coger la copa tuvo la sensación de que pesaba mucho más que antes.

—Después, la vida siguió y yo me acomodé a ella.

—Ven. Levanta. Te voy a enseñar una cosa —dijo Leyla.

Salimos de la salita y entramos en su dormitorio. Como el resto de la casa, tenía un aire exótico. Era una mezcla de culturas y países que me hacía sentir en un lugar extraño y acogedor al mismo tiempo. La cama de matrimonio era tan amplia que parecía ocupar más de la mitad del espacio y las paredes estaban repletas de estanterías.

—Kayra, ven. Quiero que veas esto.

Leyla se acercó a la mesilla de noche y sacó una foto. Éramos ella y yo. Creo que la semana antes de la graduación. Como ninguna de las dos teníamos pareja, ese día decidimos que iríamos juntos a la fiesta que se celebraría después. En la foto aparecíamos las dos haciendo el tonto en el jardín de la casa de sus padres. Ella guapísima, como ahora, pero diferente. La niñez todavía no le había abandonado por completo y sus ojos, de un azul tan oscuro como el océano, parecían ocupar toda su cara. Yo, como siempre, larguirucha y de un blanco níveo, me apoyaba torpemente en las escaleras de la piscina.

—¿Te acuerdas de este día?

—Claro que me acuerdo —respondí yo… —Fue un día increíble.

—¿Te acuerdas de lo que ocurrió en la fiesta? — preguntó Leyla de nuevo, esta vez mirándome a los ojos.

—Por favor, no quiero hablar de ello… —dije yo.

Nos quedamos calladas. Sin saber qué más decir o cómo romper la tensión. Leyla se acercó y me cogió la mano. Yo se la apreté. No obstante, aparté la mirada… No quería recordar aquella noche —la última noche que nos vimos— ni todas las decisiones que tomé tras el incidente. Ella se acercó más y me besó. Contuve las lágrimas que se acumulaban en mi pecho y en mi garganta y me perdí en su beso. Qué raro se me hacía. Cuánto tiempo había pasado desde la primera vez. Desde aquella noche. Desde que mi padre nos descubrió en el baño.

Me desperté cuando todavía no había amanecido. Siempre había tenido el sueño ligero y esa noche en concreto no había podido conseguido pegar ojo. Odiaba dormir en casas ajenas. Me desperté sin
hacer ruido y recogí mi ropa del suelo. El día anterior me parecía un espejismo. Una alucinación de la que ya era hora de despertar. Cerré la puerta del cuarto con cuidado y me vestí en el pasillo dispuesta a irme lo antes posible. Cuando pasé por la salita, me acordé del libro que había visto el día anterior y no pude evitar entrar y recogerlo del suelo. Lo observé mientras me debatía entre llevármelo o no. Entonces, escuché un ruido en el cuarto. Cogí el libro y salí del piso. Bajé las escaleras a todo correr y una vez en la calle me paré un momento para recuperar la respiración. Cuando me sentí preparada, me incorporé a la gente que se dirigía al trabajo. Para ellos era un viernes como otro cualquiera. Para mí, también. Llegué a la esquina y me giré para contemplar por última vez la vida de Leyla. Su pequeño piso. La ventana a su historia. Las cortinas estaban abiertas y la luz entraba de par en par iluminando las estanterías llenas de libros. Un movimiento en la cortina me recordó que era hora de irse. Así que me di la vuelta y empecé a buscar una cafetería en la que tomarme un café antes de ir a casa a cambiarme para ir al trabajo.

***

Un par de días después me llamó el que había sido mi amante. Había decidido dejar a su mujer y me proponía que nos fuéramos juntos a pasar el fin de semana siguiente. Yo acepté. Pasamos dos días

increíbles. Volvimos a la ciudad, pero decidimos que nos mudaríamos al campo para empezar de nuevo. Ese mismo lunes, empecé a preparar la mudanza. No tenía mucho que recoger, pues desde mi
divorcio vivía en una habitación de hotel. Aun así, después de seleccionar qué cosas quería conservar y cuáles prefería desterrar de mi vida, me puse una copa de vino y me senté en la cama a ver la
televisión. Entonces lo anunciaron: había habido un atentado en la feria gastronómica. No se sabía nada, pero habían muerto cuatro personas. Al día siguiente supe que una de esas personas había sido
Leyla.

¿Dónde había dejado su libro? Estaba segura de que me lo había traído. Lo busqué día y noche hasta que lo encontré metido en uno de los bolsillos de mi maleta de viaje. Lo saqué y me senté en la butaca del cuarto. Estábamos solos. Yo y el libro. Yo y Leyla. Yo y el recuerdo de sus ojos azules mirándome en aquella fotografía. Lo abrí y empecé a leer. En seguida me di cuenta de que no funcionaba. No conseguía introducirme en la historia, disfrutar del argumento o identificarme con los personajes. Solo podía visualizar a Leyla en su salita, pasando las hojas con cara concentrada. En cuanto terminaba una página, mi mente empezaba a divagar: ¿Qué habría pensado Leyla de esto? ¿Le gustaría este personaje? ¿Se habría reído con este chiste? ¿Qué tiene este libro para que Leyla lo releyera tantas veces? ¿y si nunca había conseguido terminárselo y por eso lo tenía tan manoseado? ¿y si nunca le había gustado? ¿Y si lo odiaba?

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos