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Capítulo I

Me llamo Mateo, y como cualquier otro niño de nueve años, me encantan las historias. El día 10 de diciembre de 2003 me regalaron mi primer diario. Bueno, en realidad no era un diario, según mi padre era un cuaderno en el que escribir historias que su madre le había regalado cuando era pequeño. Pero como él no lo había utilizado, ahora había decidido dejarlo en mis manos. Mi padre quería ser periodista. Pero no le dejaron, porque su padre no quería que su hijo fuera pobre. Así que al final decidió ser médico para poder estudiar con sus amigos del colegio. Yo no sé lo que quiero ser de mayor. Pero sé que me gusta contar historias.

 Me lo dieron la mañana de mi cumpleaños, bien envuelto en papel rojo. Mis padres sabían envolver perfectamente cualquier cosa. Tenían experiencia. En septiembre, antes de que empezara el cole, siempre se sentaban en la mesa de la cocina, armados con un rollo de celo, unas tijeras y papel transparente para forrar. Siempre conseguían que el libro quedara perfecto, sin ninguna pompa de aire.

Como ya he mencionado, mi cumpleaños es en diciembre. De hecho, el papel en el que estaba envuelto el cuaderno no era simplemente rojo; tenía estampado pequeños duendes que saludaban alegres. Supongo que es algo normal cuando tu cumpleaños cae cerca de la Navidad. Eso me encantaba. El día en el que mi padre llegaba con los calendarios de adviento rellenos de chocolate, uno para mi hermana y otro para mí, empezaba la diversión.

 

Capítulo II

Ese año habían abierto una juguetería nueva en el barrio. Se llamaba El duende, por los ayudantes de Papá Noel. Y era genial. Pequeñita, pero llena de magia. Del techo, colgaban aviones rojos llenos de estrellitas blancas. Y también había ángeles de todos los tamaños, formas y colores: pequeños, grandes, con las alas extendidas, con las alas cerradas, con halo, sin halo, rubios, morenos, e incluso pelirrojos. Además, custodiando la entrada, había un Papá Noel gigante vestido de rojo. En la mano llevaba una lista de regalos que se extendía hasta el suelo, y tenía unos mofletes gordos y colorados que le iluminaban la cara. Me encantaba mirarle a los ojos; azules como el mar, tranquilos y acogedores. Me recordaban a los ojos de mi abuelo.

La primera vez que vi la tienda fue de camino al colegio. Era pronto y parecía que acababa de abrir. Al fondo, sentado ante un alto escritorio de madera, estaba el dueño. Le saludé y le dije lo chula que me parecía la tienda. Él se acercó sonriendo. Poco después, al ver al Papá Noel de la entrada por primera vez, me daría cuenta de que el dueño de la tienda parecía su versión humana. —Gracias —me dijo el dueño. Después, me preguntó si era del barrio y si podía hablar de su tienda en el colegio. Quería que todos los niños fuéramos a jugar allí después de clase. —Al fondo, hay espacio suficiente como para que treinta niños jueguen con los juguetes —me dijo. Yo me emocioné. Nunca me había llevado especialmente bien con los chicos de mi clase y me pareció una oportunidad perfecta para aumentar mi popularidad. Entusiasmado, le dije que se lo diría a todos los niños que me encontrara por el camino, y que esa misma tarde volvería con mi hermana.

El dueño de la tienda me dio las gracias mientras me observaba a través de sus gafas redondeadas. Le brillaron los ojos y me indicó que esperara un segundo.

—Solo será un momento.

 Entró en la trastienda. Escuché un ruido y un «ay». Poco después, el hombre salió de nuevo, y me dijo:

—Toma.

Era un duendecillo de madera con una sonrisa ancha y roja. Me hacía gracia porque sus manitas parecían estar hechas para cargar con pequeños regalos, e incluso tenían unos pequeños imanes para atraerlos. Ya quisiera yo que los regalos se me pegaran en las manos a mí también le dije al dueño. Él se rio de forma tan sonora que retumbó por toda la tienda. Al final, me quedé tanto tiempo charlando que tuve que ir corriendo al colegio para no llegar tarde.

 

Capítulo III

Desde que abrieron la juguetería he ido todos los días. Creo que ya la conozco como si llevara allí toda la vida. ¿Qué había habido ahí antes de que apareciera la tienda? ¿Dónde había jugado durante los inviernos anteriores a ese? No me acordaba. Me tenía completamente absorto. Todas las tardes, observaba cómo los duendecillos a pilas metían los regalos en sus pequeñas bolsas; escuchaba el sonido que hacía el tren en miniatura al abandonar la pequeña estación que se encontraba al final de la tienda. El tren vacío daba vueltas y vueltas entre las estanterías. Pasaba por la sección de muñecas; después por la de peluches; más tarde sus vagones se reflejaban en las bolas de Navidad y, finalmente, volvía a la estación, donde le esperaban los pasajeros con sus maletitas. Esperaban un tren al que nunca conseguirían subirse.

A mi hermana, que solo tenía seis años, también la había impresionado. Sobre todo, la sección de muñecas, encerradas dentro de un armario de cristal que se extendía hasta el techo. Un día, logró convencer a mi madre para que nos acompañara. Desde entonces, las veía siempre a las dos en la esquina, sacando y metiendo muñequitas; vistiéndolas y desvistiéndolas. Inventándose sus vidas y asignándoles familiares; amigos y enemigos. Las humanizaban de mil maneras diferentes. Podían elegir una muñeca y en poco más de dos minutos decidían si vivía en una casa gigante o en la calle; si estaba casada o prefería vivir aventuras por su cuenta; si vivía con sus padres, sola o con amigos. Y así se pasaban tardes enteras.

Cuando se acabó la Navidad, la tienda cambió un poco. En el centro, el dueño puso un Belén gigante, y hasta el niño Jesús parecía más grande que yo. Pero el Papá Noel de la entrada seguía ahí, observando como los niños jugaban. Le pregunté al dueño si no iba a quitarlo ahora que ya había entregado todos sus regalos. Me dijo que no me preocupara, que nunca lo guardaba. Sea la época que sea, Papá Noel siempre nos observa para poder juzgar con criterio si hemos sido malos o buenos esas fueron sus palabras.

Como había previsto, mi popularidad subió por las nubes. Los demás niños reconocieron que mi descubrimiento había sido lo mejor del año, y casi siempre, durante esos meses de vacaciones, nos quedábamos hasta la hora de cenar jugando con los puzles y comiendo golosinas.

Pero me aburrí pronto, prefería escuchar a mi hermana y mi madre dar vida a las muñecas. Poco a poco, me aprendí algunos nombres, e incluso a veces me unía a ellas y me inventaba algún que otro detalle; había una muñeca con u

na gorra azul que parecía una policía; otra vestida de verde que parecía una amazona...

Una vez, mi madre nos contó que de pequeña le habían gustado mucho las muñecas Nancy y que en su casa tenía por lo menos cuatro. Nos dijo que las paseaba de aquí para allá y que nunca se separaba de ellas. Me recordó a cuando íbamos a casa de la abuela. Mi abuela era la mejor cuentacuentos que conocía. Siempre que iba a su casa, mientras desayunaba galletas con Nesquik, me describía cómo, un buen día, una niña había intentado robarle el bocadillo a mi madre en el recreo. La subestimaba decía con orgullo—. Tu madre era más lista y, antes de dárselo a la ladrona, consiguió meter un par de hormigas dentro—. Nos partíamos de risa con esa historia.

Muchas veces me paraba al lado del Belén y pensaba en cómo cambiaria la tienda cuando volviéramos a clase. Lo que ahora estaba fuera, acabaría metido en los armarios y cajones. Y los juguetes que llevaban dos meses a la espera de ver la luz, volverían por fin a verla y a disfrutar de la risa de los niños.

Un día, antes de irnos, me encontré debajo de una silla un duende de Navidad de madera parecido al que me había regalado el dueño, así que decidí comprármelo para que le hiciera compañía.

Al día siguiente mi padre nos llevó a casa de la abuela, y nos quedamos con ella todo el fin de semana.

 

Capítulo IV

En casa de mi abuela pasó algo inesperado.

Las imágenes se repetían en mi cabeza, como si mi mente cambiara de canal una y otra vez. Y cuando creía que iba a llegar el final de la secuencia, la película empezaba de nuevo. Me dolía la cabeza. Me costaba respirar. Y lo peor es que no podía huir. ¿Hay alguna forma de escapar de tus propios pensamientos? ¿de tus recuerdos?

Todo empezó justo antes de cenar. Mi abuela y mi hermana estaban en la cocina preparando croquetas, y a mí me habían encargado buscar una película que pudiéramos ver cuando hubiéramos terminado. «¡Ajá!» Por fin encontré una que tenía buena pinta. Di un pequeño salto en el sofá para celebrar mi victoria y me centré en la pantalla. Un niño con un chubasquero amarillo seguía a su barquito de papel que navegaba por la carretera encharcada a toda velocidad. «¡Qué guay!pensé. —Tengo que intentarlo yo también la próxima vez que llueva!». Me encantaba la lluvia. «¡Ups! Pobre niño. Se ha quedado sin barco», me dije a mí mismo cuando al barquito se lo tragó la alcantarilla. De repente, vi al payaso. Lo vi. Lo escuché. Su voz me traspasó y se instaló en mi mente como si siempre hubiera estado ahí. Mi corazón empezó a latir a mil por hora y fui corriendo a la cocina. Sin darme cuenta, había pegado un chillido y mi hermana y mi abuela se asustaron cuando aparecí en la puerta tan pálido como si hubiera visto un fantasma. Me di cuenta de que no podía decir la verdad. No era un cobarde. Nunca lo había sido. Si íbamos al zoo y teníamos la posibilidad de tocar una serpiente, siempre era el primero en ofrecerme. Si tenía que llevar a mi hermanita de vuelta a casa después del cole porque mis padres tenían que trabajar, nunca tenía miedo. Nunca me había planteado que algo malo pudiera pasarnos. Esas cosas solo sucedían en las historias. E incluso si llegaba a ocurrir, había leído tanto que estaba seguro de que lograríamos escaquearnos con mi gran poder de convicción. Por todos estos motivos, decidí disimular.

Les pedí perdón. Les dije que solo quería darles un susto.

¿Ha funcionado, a que sí? Ja, ja, ja.

Después pregunté cuánto quedaba para la cena. Mi abuela cogió a mi hermana y la metió en su sillita. La cena estaba preparada.

Creo que después de escribir un rato me recuperé un poco. Me convencí de que no tenía miedo. De que solo había sido la impresión. «Esta sensación desaparecerá pronto pensé». Pero aun así tenía escalofríos. No estaba acostumbrado a dormir en esa habitación. Y el papel amarillo que cubría las paredes siempre me había puesto un poco nervioso.

 

Capítulo V

Ya había pasado un mes desde el día en el que vi la película. También pasaron los Reyes Magos… la verdad es que lo único que quería que me regalaran era el poder de la valentía. Me pasaba un poco como al león de El mago de Oz, me había vuelto un cobarde. Ya no me fiaba de nada. Los extraños me asustaban. Quería recuperar la confianza en mí mismo, pero no sabía cómo.

Entonces empezaron a pasarme cosas muy extrañas.

Yo creía estar mejor. Evidentemente, no iba a volver a ser el mismo, pero al menos ya no me asustaba cada vez que hablaba con algún niño desconocido. Ir a la tienda de juguetes tampoco me gustaba tanto como antes. Cuando observaba al tren salir y volver a la estación, me parecía que estaba atrapado, y lo mismo me pasaba con los pequeños ciudadanos petrificados ante sus idas y venidas. Me asustaban. No quería acabar siendo como ellos. Alguien petrificado por el miedo.

Ni siquiera disfrutaba de ver a mi hermana y mi madre jugar con las muñecas. Ni de las historias que antes tanto me gustaba escuchar. Un día, mientras mi hermana le ponía unos pequeños calcetines a una muñeca pelirroja, me pareció ver que me guiñaba un ojo. No pude evitarlo y que pegué un grito. Todos los niños se giraron intentando buscar el origen del sonido. Y yo, para no ser menos, también moví la cabeza, como si la historia no fuera conmigo. Mi madre, intentando contener la risa, me preguntó si estaba bien. Yo le dije que había visto a la muñeca guiñar un ojo. Ella me miró extrañada y me indicó que seguro que eran imaginaciones mías. Ante esa respuesta, decidí callar. No quería que mi madre pensara que estaba loco.

Cuando llegamos a casa y entré en mi habitación, vi a los dos duendes que había conseguido en la tienda apoyados en mi almohada, donde siempre los dejaba mi padre al hacer la cama. Decidí deshacerme de ellos. Me daban miedo. Los metí en la mochila. Al día siguiente iría a la juguetería y hablaría con el dueño. No siquiera esperaba que me devolviera el dinero. Simplemente, me había cansado de los juguetes.

 

Capítulo VI

Desayuné a todo correr para que me diera tiempo a pasar por la tienda. Cuando abrí la puerta jadeando por las prisas, el dueño me lanzó una mirada irónica. Le di los buenos días y le expliqué que ya no quería los duendes, que me había hecho mayor. Añadí no esperaba dinero a cambio, y que solo quería deshacerme de ellos. Conforme hablaba, el dueño iba cambiando de color. Al principio, su cara tenía un color rosa, cálido como un chocolate calentito en un día de frío. Pero después, su cara adquirió un color rojo cereza que, para cuando terminé mi discurso, ya había pasado al morado. Cuando me disponía a abrir la mochila, me dijo que no aceptaba los duendes de vuelta. Que las cosas no se pueden devolver simplemente porque ese día no te apetece jugar con ellas. Que es algo en lo que se debe pensar en profundidad. Yo le miré poco convencido… pero al ver que no iba a salirme con la mía, insistí:

Me parecen horribles. Nunca debería de haber aceptado el duende de regalo.

Entonces se enfadó de verdad. Me indicó dónde estaba la salida, y añadió que esperaba no verme nunca más en su tienda. Me dijo que todos los niños éramos iguales: unos desagradecidos. Al final, mientras me empujaba hacia la salida, le escuché refunfuñar:

Los niños están más guapos calladitos.

No paré de correr hasta llegar al colegio. Y solo entonces me atreví a abrir la mochila para sacar los muñecos. Si el juguetero no los quería de vuelta ¡los tiraría! Ahora más que antes necesitaba deshacerme de ellos. Además, decidí que tampoco iba a volver a poner los pies en esa asquerosa tienda. Pero al abrir la mochila me di cuenta de que los muñecos no estaban. Habían desaparecido.

El día se me pasó volando después de eso. Me despreocupé. Estaba seguro de que los había dejado en el mostrador antes de que el dueño me echara. Fui simpático con todo el mundo, bromeé con los profesores e incluso en el patio quise jugar al fútbol con los de mi clase, algo que nunca hacía. Y en cuanto sonó la alarma que indicaba el final de las clases, me dirigí hacia casa con una sonrisa en la cara.

Estaba muy contento. Por fin todo volvería a la normalidad. No más muñecas raras. No más juguetes. Esperé a que mi hermana saliera de clase, pero cuando bajaron sus amigas no la vi. Me dijeron que se había ido a la tienda de juguetes con otra chica del grupo. «Jopé», pensé«ahora no puedo ir a por ella». Decidí esperarla en la acera de enfrente. No podía irme a casa y que mis padres descubrieran que la había dejado sola.

Estuve una hora sentado en un banco hasta que mi hermana salió de la tienda. Me vio a la primera y se dirigió hacia mí saludándome contenta.

¡Olivia! ¿Cómo te puedes ir del colegio sola sin decirme nada?

Mi hermana frunció el ceño y replicó:

Le pedí a Ana que te lo dijera, ¿te lo ha dicho o no?

Sí… refunfuñé.

Pues eso añadió ella mientras empezaba a andar en dirección a casa. Suspiré…

Al llegar, mi padre me preparó la merienda y nos quedamos los tres hablando en la cocina hasta que llegó mi madre y se unió a nosotros. Mi hermana y yo nos fuimos a ver la tele hasta que la cena estuviera preparada.

Mateo, te has dejado la mochila en la cocina, ¿puedes llevarla a tu habitación, por favor?— , me pidió mi madre.

«¡La mochila! Se me había olvidado completamente».

¡Sí! contesté yo. Crucé el pasillo que llevaba a mi habitación y cuando entré descubrí a los dos duendes apoyados en mi almohada. Cogidos de la mano.

No podía moverme. Estaba en la entrada de mi habitación, pero tenía miedo y no me atrevía a entrar. Mi hermana se asomó:

¿Qué te pasa?

Nada dije rápido, entré y cerré la puerta detrás de mí. Encerré a los duendes en la caja fuerte que me había regalado mi abuela para meter el dinero que había ahorrado durante el año y metí la llave en un cajón.

«Vale, todo controlado», pensé antes de salir de nuevo. Abrí la puerta justo en el momento en el que mi hermana daba una zancada hacia atrás.

No estaba espiando, te lo juro dijo rápida.

Sí, claro. Y voy yo y me lo creo respondí sarcástico—. Oye… ¿has ido a la tienda de juguetes hoy? ¿Por casualidad no habrás visto a mis duendes en el mostrador?

Mi hermana abrió los ojos, sorprendida por mis pocas ganas de discutir. Se rio y dijo No. Pero las muñecas me han contado que esta mañana te has portado muy mal.

En ese momento mi madre gritó:

¡Chicos, la comida está lista!

Mi hermana se echó el pelo para atrás y se fue. Corrí detrás de ella y le dije: Olivia, no te fíes del dueño de la tienda. Hoy he ido a verle por la mañana y me ha dado muy mala espina, de verdad.

Ella se dio la vuelta enfadada y me gritó bajito: Deja de decir tonterías, el dueño de la juguetería es genial. Siempre me regala chuches. Si tienes miedo de todo quédate en casa, pero a mí no me metas en tus tonterías.

Las muñecas no hablan susurré mientras se alejaba…

 

Capítulo VII

Ese día no pude dormir nada. Al día siguiente, tampoco me encontré con fuerzas para ir al colegio. Me sentía enfermo. Me dolía todo y no sentía nada al mismo tiempo. Solo me venía a la mente la cara del dueño de la tienda, que se mezclaba con la del payaso de la película que había visto en casa de mi abuela. Película que, más adelante, descubrí que se llamaba It. Revivía nuestra conversación una y otra vez en mi cabeza. Le escuchaba susurrar que los niños estaban más guapos callados. Notaba cómo su expresión pasaba de parecerse a la de Papá Noel a convertirse en la de un viejo resentido y con la nariz torcida en menos de dos segundos.

Mi madre entró en la habitación con un termómetro y me tomó la temperatura. Estaba ardiendo. Me preguntó cómo me encontraba mientras removía el Cola Cao con una cucharilla. Yo no sabía qué contestar, solo podía escuchar el clic, clic, clic del ruido que hacían la cuchara y la taza al encontrarse. Clic, clic, clic, clic, clic. No pude aguantarlo más y le chillé que se fuera. Que me dejara en paz. Que quería estar solo. Estaba descontrolado. Tenía demasiadas imágenes en la cabeza. El payaso. El barquito cayéndose por la alcantarilla. La muñeca que me guiñaba un ojo. Los duendes que se daban la mano y sonreían en mi almohada. El dueño de la juguetería dándole golosinas a mi hermana. Las imágenes se reproducían en mi cabeza de forma tan nítida que me parecía estar reviviéndolo. Empecé a hiperventilar. La habitación daba vueltas y vueltas. Solo recuerdo que mi madre, aunque dolida, me tapó con la sábana. Poco después perdí el conocimiento.

Cuando me desperté de nuevo, la luna estaba ya en lo alto. Me sentí avergonzado por haberle chillado a mi madre. Nunca discutíamos, siempre habíamos tenido una relación bastante buena. Pero desde que vi la película, y desde que había empezado a ver cosas raras, no podía controlarme. Saltaba por todo. Me asustaba con todo.

Me di cuenta de que mi hermana ya estaba acostada. Mis padres estaban sentados en la mesa de la cocina, hablando en voz baja. Casi en susurros.

¿Qué crees que deberíamos hacer? decía mi padre. Creo que nunca le había visto tan enfadado. Cogió a mi madre de la mano y le dijo que mi abuela también estaba preocupada por mí. Que se había dado cuenta de que había visto una película de miedo antes de cenar porque me dejé la televisión encendida, y que desde entonces me notaba asustado. Mi madre tenía la cabeza baja y estaba pensativa. Hubo un momento de silencio, pero al final le contó a mi padre la discusión que ella y yo habíamos tenido esa misma tarde. La verdad es que cuando me ha chillado … me avergüenza admitirlo, pero me ha dado un poco de miedo. Estaba como ido. Parecía otra persona.

 Estaba horrorizado. No podía creer que mi madre pensara eso de mí. ¿Le daba miedo? ¿Yo? ¿Su propio hijo? Me moría de ganas por ir a abrazarla. Y al mismo tiempo me sentía traicionado. Pero lo peor fue que, después de eso, mi padre se empeñó en que tenían que buscar un psicólogo para que me ayudara.

¡Un psicólogo! Yo no estaba loco. Esa tienda tenía algo raro. Algo no encajaba. Además, yo no era el único que lo había notado. Parecía que mi hermana también había escuchado cosas. «Una vez puede pasar, pero varias ya no. Y a dos personas diferentes…menos», pensé. Decidí convencer a mi madre para que al día siguiente me acompañara a la tienda. Así, podría desenmascarar al dueño y les demostraría a mis padres que no estaba loco y que no necesitaba ayuda.

 

Capítulo VIII

Cuando por fin salió el Sol, fingí no haber escuchado la conversación de mis padres la noche anterior y le pregunté a mi madre si podía acompañarme a la juguetería. Ella me miró, distraída. Dejó de presionar la plancha contra la camisa de los domingos de mi padre y dijo:

¿No decías que no querías volver a ese sitio?

Yo contesté que sí. Que tenía razón, pero que había cambiado de idea. Quería darle una última oportunidad. Al final, conseguí que cediera. Iremos media hora. Antes de comer. Pero media hora y nos volvemos, ¿estamos?

Yo le di un beso y le prometí que no faltaría a mi palabra. Me fui a la habitación para poner en marcha mi plan.

Durante dos horas di vueltas en círculo alrededor de mi habitación. Me subía en la cama. Me sentaba en la silla. Volvía a levantarme. Daba otra vuelta. Al final, creí haber encontrado un buen plan: le pediría perdón al dueño. Le diría a mi madre que fuéramos a la sección de muñecas. Quería escuchar otra historia. Elegiría una muñeca de las de porcelana que pareciera frágil y la dejaría caer. Y después… después observaría la reacción del dueño y vería si la muñeca se rompía de verdad. Por supuesto, pagaría por lo que había roto. A no ser que la muñeca no se rompiera… En ese caso todo sería diferente.

Me sentía satisfecho. Abrí la caja en la que tenía metidos los duendes. Miraban fijamente al vacío, con sus sonrisas grandes y rojas y sus ojos negros como la tinta. ¿Estarían vacíos por dentro? ¿Los habría hecho el juguetero personalmente? Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

En ese momento mi madre llamó a la puerta.

Mateo, estoy lista.

«En marcha pensé yo».

Llegamos a la tienda y cuando abrí la puerta vi que el dueño cerraba el cajón del mostrador con rapidez. Estuvo punto de echárseme encima pero después se dio cuenta de que mi madre iba conmigo. Aun así, mantuvo el rumbo y se acercó a nosotros para saludarnos.

Mi madre empezó a dar vueltas por la tienda, y yo aproveché para acercarme al dueño. Me disculpé. Le dije que me arrepentía de lo que había dicho y que la suya era la mejor juguetería que había visto en mi corta vida.

El dueño me miró frunciendo el ceño. Sus mofletes, antes rojos, ahora eran pálidos. Había perdido peso y parecía haber encogido. De repente, se abrió la puerta de un armario. El dueño se apresuró a cerrarla.

Malditas puertas masculló. Estas cerraduras están fatal. A veces tengo la sensación de que la trastienda se me va a caer literalmente encima.

Me quedé paralizado. Habría jurado que había visto una mano en el suelo antes de que la puerta se cerrara. Una mano pequeña y pálida. No sabía cómo reaccionar. Mi madre me dio un empujoncito y me dijo que me fuera a jugar. Yo negué con la cabeza. Le dije que me empezaba a encontrar mal de nuevo, que sería mejor si nos fuéramos a casa.

De verdad, hijo, últimamente no hay quien te entienda. Ale, a casa.

El dueño de la tienda no nos quitó la vista de encima. Monitorizaba todos nuestros pasos. Al salir, no me atreví a mirarle a la cara.

Abandonamos la tienda físicamente, pero una parte de mí se quedó allí atrapada. Lo noto. Todavía hoy la echo de menos. Esa noche mis padres me dijeron que empezaría a ir al psicólogo. Tenía miedo. Pero no sabía a qué. Si a la tienda o a mis propios pensamientos.

 

Capítulo IX

El 1 de abril de 2004 fue, lo recuerdo bien, mi última sesión con el psicólogo. Habían pasado tres meses desde que vi la película. Tengo que decir que no fui muy parlanchín. Tampoco me fiaba de ese hombre desconocido que me hacía preguntas cuyas respuestas no quería escuchar de veras. Y si en algún momento prestaba atención a una de mis historias, era simplemente para contárselo todo después a mis padres.

Cuando se acabó la sesión, mis padres entraron en la sala. Al intercambiarnos los puestos, les lancé una sonrisa de ánimo. Sé que estaban preocupados por mí. Durante esos meses mi madre me había dejado quedarme despierto pasadas las diez. Confiaba en ellos, pero habían perdido la confianza en mí, estaba claro.

Llegamos a casa. Cenamos. Y cuando mi hermana se fue a dormir me quedé con mis padres un rato en la mesa esperando a que uno de los dos sacara un poquito de chocolate para acabar el día con algo dulce. Noté que mi madre se removía en su asiento.

Mateo me dijo. Voy a ir al grano.

Me preguntó si estaba celoso de mi hermana.

Celoso… ¿yo? respondí.

Sí. Tú contestó ella—. ¿Te importa que te siga a todos lados? ¿Te gusta pasar tiempo con ella?.

Yo no sabía. No me gustaba. No me disgustaba. Olivia tenía seis años. No es que tuviéramos mucho en común. Pero era mi hermana. La quería. ¿No era ese un sentimiento común entre hermanos?

Mi madre se sinceró. Me dijo que el psicólogo les había dicho que mi único problema eran mis celos. Por lo visto, no soportaba que mi hermana acaparara su atención. Mi madre me quiso aclarar que nos quería a ambos por igual. Que mi hermana, al ser más pequeña, necesitaba una ayuda extra para hacer ciertas cosas, pero que eso no significaba que me quisieran menos.

Yo no acababa de creérmelo. ¿Celos? ¿Envidia? ¿Yo? Yo no estaba preocupado por si mis padres me atendían más o menos. Estaba preocupado por la juguetería. Por el dueño y sus comentarios raros. De hecho, lo que más me preocupaba era mi hermana Olivia. Decidí contarles toda la verdad sobre la juguetería. Les conté que estaba seguro de que la muñeca me había guiñado el ojo aquel día, que por eso había querido devolver los duendes, y que cuando fui con mi madre a disculparme ante el dueño había visto una mano en el sueño de la trastienda.

Me tenéis que ayudar... les intenté decir. Pero mi padre me cortó antes de que pudiera terminar de hablar. Se acabó dijo intentando controlar el tono. Mateo. Ya está bien. No puedes comportarte así solo por haber visto una película de miedo. Eres un exagerado. Todo lo que nos acabas de contar está en tu cabeza. Te las has imaginado para llamar la atención. Es más, yo te saqué los duendes de la mochila aquel día. No quería que te los llevaras al colegio y que te distrajeran.

Yo le miré enfadado y le chillé.

¡Los sacaste de mi mochila! ¡Y no me dijiste nada! ¡Te odio, papá»

Me enviaron a la habitación y me impusieron una semana de castigo … Mi padre tenía la cara roja y daba mucho miedo.

Tienes que empezar a comportarte como un adulto y a aceptar la realidad.

Fue lo último que dijo.

Quería llorar…pero no delante de ellos. Me metí un trozo de chocolate en la boca como si el comentario de mi padre no me impidiera seguir disfrutando de los pequeños placeres de la vida, y me dirigí lentamente a mi habitación. El chocolate nunca me había sabido tan amargo.

Ya está. Nadie me creía. Todos pensaban que estaba celoso de mi hermana. «Celoso, ¿Yo? Si la niña casi ni sabe leer con fluidez. ¿cómo voy a tener celos de eso? Hay que ver. A veces, los adultos solo ven lo que quieren ver.» Estaba harto de todo. De mis padres. Del colegio… ¿Para qué me había servido? Toda la vida haciendo caso. Toda la vida intentando seguir las normas. Y ahora… ahora que necesitaba su ayuda. Que creyeran en mí. Me habían abandonado. Estaba solo.

 

Capítulo X

No sabía qué hacer. Estaba desesperado. Si mi familia no me creía…entonces… igual tenían razón. Igual todo estaba en mi cabeza. A lo mejor se me había caído un tornillo. Pero ¿dónde? ¿en qué parte de la historia me había convertido en el payaso? No era justo. No tenía sentido. ¿Quién querría meterse en ese embrollo por sí solo? No es que yo disfrutara asustándome. Teniendo miedo. Confiaba en mí mismo. Sabía lo que había visto. Además, incluso si no hubiera dado con esa maldita película, las cosas que habían pasado en la tienda…habrían pasado de todas formas. ¡No tenía demasiada imaginación! O puede que sí. Pero una cosa no quitaba la otra. Nunca me había imaginado, por ejemplo, que cuando comía en el comedor del cole, cuyo olor era asqueroso, en realidad me encontraba en un banquete en Hogwarts. Ni siquiera había intentado mover cosas con la mente como Matilda. No. Estaba harto. Nunca se habían quejado de mi imaginación. Ahora les convenía. Así que lo ponían como excusa para no ver. Para no culpar al dueño de la tienda. Tenía que volver. Tenía que escaparme de allí, ir a la tienda, y hablar con él hasta que confesara lo que fuera que estaba tramando. Entonces me di cuenta de que no estaba solo. Tenía a mi hermana. Ella podría ayudarme.

 

Capítulo XI

Esa misma noche fui a la habitación de Olivia y le pregunté si quería acompañarme a la juguetería por la mañana. Le conté que creía que el dueño era malo, malo de verdad, y que creía que solo nosotros dos podíamos descubrir lo que estaba tramando. Aceptó, entusiasmada.

Me desperté temprano y metí en mi mochila lo indispensable. Una linterna, por si necesitábamos escondernos; una cuerda, por si había que trepar; una pinza para el pelo que me había dejado Olivia el día anterior, porque había visto que en las películas siempre conseguían abrir cualquier tipo de puerta con eso; y dos chocolatinas, por si nos entraba hambre. Estaba listo.

Era un frío día de abril. El cielo anunciaba lluvia. Y nosotros no íbamos preparados. Para que no nos pillaran, nos habíamos vestido muy rápido, y ni siquiera habíamos pensado en mirar por la ventana para ver qué tiempo hacía. Los dos caminamos por la calle tiritando en manga corta.

Llegamos a la tienda a las 8:00 en punto; quedaba una hora para la apertura. Tiré del pomo de la puerta; las campanillas sonaron, asustándome. Olivia se tapó la boca con la mano para no chillar. Dentro, la tienda parecía vacía. Las luces estaban encendidas. Los juguetes; preparados para que los niños jugaran con ellos. El tren ya daba vueltas por sus vías. Pero no veía al dueño por ninguna parte. De repente, escuché un ruido que parecía salir de la puerta de la trastienda. Tragué saliva. Tenía que ser valiente y demostrarles a mis padres que tenía razón. Abrí la puerta de un empujón. «Ya te tengo», pensé. Lo que vi me dejó impactado. El dueño de la tienda estaba de espaldas, llevaba unas tijeras en la mano y, delante de él, en una silla, había una persona sentada. Se dio la vuelta en cuanto escuchó el ruido de la puerta.

El dueño salió pitando detrás de nosotros. Nos gritó que esperáramos. Nosotros intentamos salir corriendo, pero tardamos demasiado en reaccionar. Nos atrapó y tiró de ambos hacia la trastienda.

—¿Queréis esperar? Estúpidos niños. Os voy a enseñar yo lo que es educación. Tanta tontería…

Cerré los ojos. «Ya está. Es el fin». Mi hermana empezó a retorcerse para conseguir escapar. Nunca debí haberla incluido en esto. El dueño de la tienda me abrió los ojos a la fuerza. Me cogió de la cabeza y me obligó a ponerme enfrente de la persona que había visto sentada. Era un estúpido maniquí.

—Me llegan siempre con una etiqueta que cuesta horrores quitar. Por eso llevaba unas tijeras en la mano —dijo el dueño con ironía. Yo no conseguía decir nada. Estaba demasiado sorprendido. Le miré a la cara. Todavía me asustaba. Aunque se esforzaba por sonreír, su expresión no conseguía volver a ser la misma que en diciembre. Nunca volvería a recordarme a Papá Noel.

—Ah —conseguí balbucear. Cogí a mi hermana de la mano para que me diera fuerzas.

—Sígueme— dijo el dueño de la tienda—. Te enseñaré un juguete que te gustará.

Yo no vi otra opción que seguirle. Sentía que había hecho el ridículo. Así que lo que creía que era una persona era un simple maniquí. Mi padre me había sacado los duendes de la mochila. Tenía que aceptarlo… estaba perdiendo la cabeza. Necesitaba pensar. Necesitaba estar solo. No quería permanecer en ese lugar ni un segundo más. A lo mejor mis padres tenían razón. A lo mejor estaba loco.

Le dije al dueño que lo mejor era que volviéramos a casa. Que nuestros padres no sabían que estábamos ahí. Él se dio la vuelta y me dijo que sólo sería un minuto. Abrió una puerta que yo no había notado antes, tras ella había unas pequeñas escaleras que subían. Se adelantó y nos gritó desde arriba que subiéramos, pero yo no me atrevía a pasar del umbral. No me fiaba del todo…pero tampoco confiaba en mí. Olivia me susurró al oído:

—Corre. No me gustan esas escaleras. No sabemos lo que hay arriba. No me fio.

—Mejor nos vamos —insistí. El dueño de la juguetería se asomó por las escaleras con una cuerda en la mano.

—NO —exclamó—. Os quedáis aquí. Me lo debéis por todo lo que me habéis hecho pasar.

Entonces mi hermana tiró de mí y echamos a correr. Corrí lo más rápido que pude mientras arrastraba a mi hermana. Corrí más que lo que había corrido nunca en clase de Educación Física. Corrí para salvarnos la vida.

En la calle, llovía a cantaros. Seguimos corriendo. Solo nos paré a recobrar el aire cuando ya estábamos lejos y me di cuenta de que el dueño de la juguetería no nos había seguido fuera de la tienda. Me di la vuelta para observar la pequeña juguetería una última vez. El dueño estaba en la entrada, mirándome fijamente por la ventana. Su secreto estaba a salvo de nuevo.

 

Capítulo XII

Mi hermana y yo regresamos a casa. Nunca le dijimos nada a mis padres. Pero nos descubrieron. Llegamos a casa empapados cuando ellos ya estaban hablando con la policía. A pesar de todo, nunca les contamos nada de lo que había pasado ese día. Ni siquiera lo hablamos entre nosotros. Es algo que ambos sabemos. Ambos recordamos. Mis padres decidieron cambiarnos de colegio porque se dieron cuenta de que no lográbamos adaptarnos. Así que poco después hicimos las maletas y nos fuimos a otro barrio, lejos de aquella tienda y de sus misterios.

A veces, cuando vemos a alguien que no nos da buena espina o cuando nuestros amigos proponen ir a ver una película de miedo, nos miramos y los dos volvemos a ese momento. No sé si ella se lo ha contado a alguien más. Yo nunca lo he hecho.

Ahora, con el tiempo, a veces creo que todo fue un mal sueño. Que de verdad estaba celoso de mi hermana. Lo que aun no entiendo es qué paso con los duendes. Simplemente, desaparecieron de mi cuarto. Le pregunté a mi padre si los había cogido. Me dijo que no. No los volví a ver. Aún hoy, a veces, al entrar en la habitación que comparto con mi mujer, tengo miedo de verlos apoyados en la almohada. O de que uno de mis hijos los encuentre en el sótano. En ocasiones, creo que deberíamos de haber dicho algo… nunca supimos si otros niños del barrio habían sufrido lo mismo que nosotros. Nunca quisimos enterarnos.

*FIN*

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos