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Llevo un mes aquí encerrada.
Estoy sola. El techo es blanco.
Sigo sola. Nada ha cambiado.
Me duele todo el cuerpo. Me cuesta respirar.
Miro el reloj. Los segundos pasan,
pero todo sigue igual a mi alrededor.
A veces entra un médico, con su traje protector y su mascarilla.

 

 

Recuerdo que me eché colonia aquel día,
antes de ir al hospital con mi hija.
¿Seguirá oliendo? ¿la olerá el doctor?
¿A qué huele un traje protector por dentro?
Podría preguntárselo, pero ya nunca me responde. No a eso.
Solo le interesa mi temperatura y la el subir y bajar de mi pecho.
Inhalo. Exhalo.
Parece que todo va bien porque, nada más acabar, se va.
Aunque para mí nada ha cambiado.

 

Recuerdo mi última mañana en la ciudad como si fuera ayer.
Casi puedo tocar mi mesilla de noche, con la lámpara encendida y el libro de Camus al lado.
Esperándome, incitándome a no ir al trabajo y quedarme leyendo en la cama.
Sin embargo, me levanto. Me acerco a despertar a Siu.
Nada más entrar en la habitación, percibo problemas. Seguro que se inventa otra historia para no ir al colegio.
No obstante, cuando llego a su camita me doy cuenta de que está sudando.
Y en cuanto le toco la frente decido cancelar mis planes.
Directas al hospital.

 

No le cambio de ropa, pues no quiero perder más tiempo, y la subo al coche.
Tras coger la desviación que lleva al hospital,
entro en un atasco que parece no tener fin.
Al mirar al horizonte, los colores de los coches se mezclan con la neblina típica de una mañana de invierno en la ciudad.
Los pitidos no tardan en hacerse escuchar.
Y Siu se retuerce en sueños.
Como si pudiera percibir la tensión que se apodera poco a poco de mis huesos.

 

Siu nació con problemas respiratorios.
Su padre, mi marido, murió por una complicación de fibrosis quística justo antes de saber que estaba embarazada.
Y, cuando creí que nunca volvería a escuchar el nombre de esa dichosa enfermedad,
resulta que Siu la había heredado.
Nada como un vaso helado de realidad para deprimir a una madre primeriza y viuda.

 

Después de dos horas intentando mantener la calma
 y una caja de galletas de arroz (devorada con ansía)
¡Por fin! Conseguimos llegar al hospital.
Saco a Siu del asiento trasero lo más rápido que puedo,
y, corriendo, me dirijo a Urgencias.
No es que tenga mucha experiencia en estos temas,
normalmente intento evitar a los médicos lo máximo posible.
Pero lo que veo es el caos más absoluto.
Camillas en el pasillo, médicos corriendo de un lado para otro.
Pacientes febriles intentando llamar la atención de enfermeras, de familiares…
De cualquier persona que pueda ofrecerles consuelo, o paliar su dolor.
Y ahí estamos Siu y yo.
Ahí nos había conducido. Yo misma.
Al centro del huracán.

 

Desorientada, me centro en buscar un asiento donde poder pensar en cuál sería nuestro próximo movimiento. A lo mejor debería de llevarla a casa. ¿Por qué había ido al hospital? Seguro que se trata solo de un simple resfriado…
Doy unos pasos para atrás y, sin quererlo, me tropiezo con uno de los médicos que en ese momento se encuentra tomándole el pulso a un hombre esquelético, tumbado en una camilla. Pido disculpas y él, al darse cuenta de que llevo a una niña en brazos, me indica dónde sentarme y me dice que espere ahí. Nos atenderá en cuanto acabé de auscultar al paciente.

 

Unos minutos más tarde, nos conduce hacia el fondo del pasillo. Después de lo que me pareció una eternidad atravesando corredores repletos de gente empecé a asustarme. ¿Y si ese hombre no era médico en realidad? Por segunda vez, me pregunté por qué no nos habíamos quedado en casa.
—¿Padece su hija alguna enfermedad respiratoria? —pregunta.
—Sí…— contesto yo— tiene fibrosis quística.
—Tiene fiebre —indica, mientras deja escapar un suspiro— 40, según marca el termómetro. Y tiene la garganta muy inflamada. Me temo que presenta los mismos síntomas que toda esa gente que hay ahí fuera.
—Es temporada de resfriados. De gripe. ¿No es lo normal, doctor? ¿Qué está pasando? — mi voz suena desesperada, la noto ajena a mí, perdida entre las camillas del resto de pacientes.
—Desgraciadamente, todavía no lo sabemos. Pero no tiene pinta de que la situación vaya a mejorar pronto. Les asignaré una habitación para las dos. Lo siento mucho, pero tenemos instrucciones de no dejar salir del hospital a nadie que presente este cuadro vírico. Tendrán que quedarse. Órdenes de arriba.
—Pero, nuestras cosas. El pijama. Los pañales…
—No se preocupe —dice el médico con tono calmado —de momento, tenemos provisiones suficientes. En su habitación podrá encontrar lo imprescindible para pasar unos cuantos días en el hospital. Aquí estará bien. Se lo aseguro. Y su pequeña también.

[…]

 

Recuerdo su cara, tan solemne, tan tranquila. Su bata, tan clara, tan pura. Como esta habitación. Como esta maldita habitación. Podrían haberse currado un poco más la decoración, ¡es una habitación en la sección de pediatría, joder! Ningún niño puede sobrevivir a una decoración tan sobria, tan vacía de alma y de entretenimiento. Por un momento, me sorprende que ningún niño la haya pintarrajeado antes de nuestra llegada.

 

Ya ha pasado un mes.
Siu murió hace 14 días. Una noche, simplemente, dejó de llorar.
Ya no me queda nada. Ya no me queda nadie a quien cuidar.
Desde entonces, el médico no me dirige la palabra. Creo que no sabe cómo. A lo mejor se le han acabado las ganas de hablar. ¿Qué cosas habrá visto? ¿Qué pasará en el resto del hospital?
Por lo que sé, debo de ser la única adulta en el ala de pediatría, pues cuando llegamos el resto de las habitaciones estaban vacías. Parece que la enfermedad no afecta a los niños. Excepto a Siu…
Cierro los ojos y recuerdo aquella mañana. Las sábanas de seda blanca pegadas a mi cuerpo.
Mi libro en la mesilla. ¿Seguirá en el mismo sitio?
¿Esperándome?
¿Tendré la oportunidad de leer el final?
Se lo preguntaré al médico en la próxima ronda. Igual le puedo dar las llaves. Igual me lo trae. Por un libro, no pasará nada de malo.
¿Verdad?

 

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos