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Por fin llegó a casa. Estaba muerta, había pasado todo el día con el culo sobre la silla buscando trabajo. Pero de nuevo, nada interesante. Bueno, sí. Hoy había decidido cambiar de cafetería, y había probado un café que estaba buenísimo. Aunque al cuarto ya le resultó algo excesivo, y ahora estaba cansada, y a la vez tenía ganas de salir a correr por el río y no parar nunca.

Se abrió una cerveza y se sentó en su sillón favorito al lado de la ventana. Un día más. Trabajos solicitados: 21; Respuestas recibidas: 0; Dinero malgastado en café y cerveza: 40 euros; Dinero restante en la cuenta bancaria: 1 000 euros. Podría pagar el alquiler de ese mes, pero no el del siguiente. Tenía que encontrar un trabajo lo antes posible. Suspiró y se acomodó un poco más en el sillón. Ese era el mejor momento de su día. El mundo parecía quedarse quieto mientras Ella disfrutaba de su cerveza, escuchaba a los pájaros cantar y veía como el Sol se despedía por hoy.

Fue a dar otro sorbo y notó que en la pared había un bicho alargado con muchas patitas. Puaj. Odiaba los bichos, pero a la vez pensaba que odiar algo no era razón suficiente para matarlo. Estaba decidida a salvar a ese insecto o, al menos, a indicarle el camino a la salida. Pero ¿cómo? Intentó guiarlo asustándole, pero se quedaba quieto. Se fue de la habitación y apagó la luz. Volvió. Se encontraba en un sitio distinto, pero no había seguido el camino hacia la salida que le había marcado con rotuladores, sino que se había introducido más en su casa. «No guapo, así no funcionan las cosas».

—¿Y si lo mato? —se preguntó. — Total, es un insecto muy pequeño, nadie le echará de menos. Espero. Espero que sea el único y no tenga a toda su familia aquí dentro. ¿Tendrá hijos? No, de verdad, esto es una tontería. Lo mato y punto.

Fue al baño t cogió un trocito de papel. Mientras su cara se contraía de forma que parecía que le había entrado un apretón, se dirigió a la salita. Como un verdugo antes de dejar caer la guillotina le preguntó al insecto: —¿Un último deseo, amigo, quieres que me despida de alguien por ti? —exactamente cinco segundos después apretó el papel contra el suelo y contra el cuerpecillo del pequeño bicho que crujió un poco como consecuencia del aplastamiento sufrido. La verdugo, mientras tanto, dio un pequeño saltito de asco y corrió hacia el inodoro, donde el cuerpo del pobre insecto se fue hundiendo hasta iniciar su viaje. Destino: el mar.

Adiós, querido, adiós. Tus amigos te recuerdan.

El Sol finalmente desapareció y la Luna empezó a brillar con más fuerza. Ella se tumbó en la cama con un libro de misterio y, después de averiguar quién era el asesino (no era el que Ella creía, ¡otra vez!), lo dejó en la mesilla y apagó la luz.

De repente, la habitación cobró una nueva vida. Las sombras de los armarios empezaron a crecer, el pasillo estaba demasiado silencioso. Los crujidos estaban en huelga. Se había muerto un ser querido. Las motas de polvo no barridas desde hacía tiempo empezaron a acercarse unas a otras susurrando enfurecidas. Las amables sonrisas de los peluches que yacían en el sillón se volvieron macabras. Y la familia del difunto salió de su escondite. ¡Esa era su casa! ¡Cómo se había atrevido esa… esa humana a matar a uno de los suyos! La familia empezó a trepar por la cama con sus pequeñas patitas, acompañada de una mantis religiosa a la que habían acogido hace solo un par de semanas. Treparon sigilosamente para no despertar a Ella, y se acomodaron en la almohada.

—¿Y ahora qué? — preguntó la esposa del asesinado conteniendo las lágrimas.

—Ahora me dejas actuar a mí— dijo la mantis. —Ella pagará. Te lo prometo.

La mantis trepó sigilosamente por la cara de Ella intentando no apoyarse demasiado en su cuerpo para que no notara el peso. Por fin llegó a su ojo. Respiro hondo, lo abrió y se introdujo en él.

***

Ella se despertó abruptamente. Había tenido otra pesadilla. Estaba sudando. Fue al baño y se lavó la cara. Tenía el ojo un poco hinchado. Consecuencias de pasar todo el día pegada a la pantalla del ordenador, supongo. Se secó en la toalla y volvió a la cama.

***

El despertador sonó a las 8:00 horas exactas, como siempre. Ella lo apagó rápidamente y suspirando se despertó. El ojo todavía le dolía…que extraño, era la primera vez que sentía algo así. Se vistió. Hoy, por alguna extraña razón, le apetecía arreglarse. Se puso unas medias transparentes y un ligero vestido verde con un pronunciado escote. Se sentía bien, aunque podía sentir su ojo palpitar bajo el párpado. Definitivamente, necesitaba un poco de aire fresco. Cogió su bolso con el ordenador y salió de casa.

Se sentó en el mismo café que el día anterior, pidió un capuchino con leche de soja y se centró en las ofertas de trabajo. Había tres que le interesaban. Adjunto el currículum, escribió tres cartas de recomendación diferentes. Enviar. Satisfecha por un trabajo bien hecho levantó la mirada y se encontró con la del chico de enfrente. Era guapo, moreno, ojos profundos y misteriosos, media sonrisa amable. Redirigió su mirada al ordenador y empezó a leer las noticias, pero no podía quitarse la cara del chico de enfrente de la cabeza. Volvió a levantar la cabeza y se dio cuenta de que él también la observaba.

Como impulsada por un muelle se levantó y se dirigió a la mesa del chico. Ella avanzaba medio sonriente, medio sorprendida, pues era la primera vez que hacía algo así. Los ojos del chico se agrandaron y su cuerpo se desplazó hacia la izquierda para hacerle sitio a la chica que le había cortado la respiración hace unos minutos.

Se hizo el silencio y a los dos les entró la risa. Se miraron a los ojos y comenzaron a hablar.

—…

—También es una de mis cafeterías preferidas. La tarta de chocolate está riquísima.

—…

—Soy informático.

—…

—Sí, me acabo de mudar aquí, en realidad soy portugués.

—…

—Sí, mi madre es austriaca.

—…

—¡Por supuesto! Cuando quieras te lo miro.

—…

¡Ah! Claro, que tienes el ordenador aquí. Qué tonto.

—…

—Pues ya está.

—…

—¿A cenar? ¿Hoy? Sí…sí.

—…

—A las 21 horas.

—…

¿Me pasas el nombre del restaurante?

—…

—Genial. Ahí estaré. ¡Hasta luego!

Desde lejos escuchó al chico susurrar un uau. Ella abandonó su nuevo establecimiento favorito con una sonrisa en los labios y un movimiento sensual que no sabía que poseía.

Las 20h. Ella había decidido irse de compras y darse un capricho. Estaba segura de que conseguiría uno de los trabajos que había solicitado hoy. Era un presentimiento. Se había comprado otro vestido verde, largo, de noche. El vestido se ajustaba perfectamente a su figura y aumentaba el tamaño de sus ojos color miel. Se miró al espejo una última vez. No se reconocía. Nunca se había sentido tan guapa, tan sexy, tan…libre. Ya casi se había olvidado del palpitar de su ojo, estaba todavía un poco lloroso, pero no le importaba. Le gustaba el color que adquirían sus ojos cuando lloraba.

El chico también estaba muy atractivo. Se había puesto vaqueros y una camisa de cuadros rojos y verdes que le marcaban un poco los abdominales. Lo suficiente como para que la mente pudiera imaginarse lo que había debajo.

A Ella le empezó a entrar un hambre voraz. Dieron un paseo por el río y decidieron comer en una crepería que se encontraba justo debajo de un puente.

Él se sacó una rosa de la manga. Ella se río. Se sentaron. Pidieron crepes con queso. A Ella no le acabaron de convencer, y eso que le encantaba el queso. Hablaron de todo: de su infancia, de su época universitaria, de lo rápido que pasa la juventud y de lo difícil que es encontrarse a uno mismo. De la crisis financiera. De la muerte. Y finalmente pasaron a temas más animados. Una caída en público. Una risa que resuena en el peor momento. Una mancha en el pantalón mal interpretada. Mientras tanto, la Luna subía y subía, brillante, llena y alta.

—Es curioso— dijo el hombre. —Esta mañana habría jurado que tus ojos eran marrones. En cambio, ahora, bajo la luz de las velas, parecen verdes.

—Sí —dijo Ella. —Me pasa a veces, cuando lloro. Esta mañana me ha entrado algo en el ojo y todavía me molesta un poco…

—Eso lo explicaría. Sí. Escucha… Oye, eres la primera chica a la que le digo esto…de verdad. Pero ¿quieres ir a mi casa a tomar la última copa? No me quiero despedir de ti tan pronto…me ha encantado conocerte.

—¡Sí! —dijo ella. «¿De dónde había salido eso? Estaba segura de que no era eso lo que quería. Acababa de conocer a ese chico. Y, sin embargo… sí. Sí que quería. Había algo en él que le atraía mucho. Muchísimo. Si iba a ir a la casa de un chico en la primera cita, desde luego, iba a ser a la suya».

Fueron paseando. Miraban a las estrellas, que parpadeaban y parecían guiñarles los ojos. Se rieron ante la idea. Antes de abrir la puerta del apartamento, ya se estaban besando. Se atraían, estaba claro. No podían despegarse el uno del otro. La pasión lo invadía todo. Fueron directamente al dormitorio y se tumbaron en la cama.

—Ponte arriba —dijo ella— estás al mando. Hazme sentir placer. Simplemente haz. Haz lo que quieras. El hombre siguió las instrucciones, se puso encima de Ella y empezó a darle besos despacio, por el cuello, mientras le acariciaba con cariño. Ella perdía el sentido, cada beso era como una explosión, cada caricia le transportaba a otro mundo, y sus piernas se abrían cada vez más y más, deseando sentirse llenas.

El sexo era silencioso, como un secreto. Las cuatro paredes que les rodeaban contenían el aliento. Cada penetración parecía un ritual, un regalo dado sin condiciones y sin expectativas. Amor, sin más. De repente, ella tuvo ganas de jugar. Le cogió por las caderas y le dio la vuelta. Ahora le tocaba a la mantis jugar. Le agarró por el cuello y, sin dejar de apretar, se dio cuenta de que todavía tenía hambre.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos