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Por fin llegó a casa. Estaba muerta, había pasado todo el día con el culo sobre la silla buscando trabajo. Pero de nuevo, nada interesante. Bueno, sí. Hoy había decidido cambiar de cafetería, y había probado un café que estaba buenísimo. Aunque al cuarto ya le resultó algo excesivo, y ahora estaba cansada, y a la vez tenía ganas de salir a correr por el río y no parar nunca.

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No sé lo que vendrá mañana,

He olvidado lo que pasó ayer,

No sé quién me esperará en la cama,

He pensado en no volver.

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Una realidad paralela

Eso es lo que se decía en la oficina.

La puerta llevaba rota toda la vida.

Y por mucho que lo intentaras,

pasabas la tarjeta por primera vez,

y nada.

Solo a la segunda

el mecanismo reaccionaba.

 

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Y por fin llegó la noche.

La noche de las hogueras, de las calabazas de colores, y de las calaveras.

La noche en la que regresaría a casa.

Para siempre,

Después de veinte años…

Después de una eternidad sin veros.

Sin tocaros.

Sin oleros.

 

 

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Mientras el jazz sonaba,

sus miradas empezaron a cruzarse.

Rápidas y llenas de excusas.

Cargadas de secretos y de promesas oscuras.

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Tú ibas a ser diferente.

Mi luz en la oscuridad.

Mi cambio de dirección en una recta sin final,

y mi freno en un callejón que nunca tuvo salida.

Contigo todo iba a cambiar.

 

 

 

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El vestido estaba lleno de polvo.

Pero no de la típica capa grisácea que se acumula en la tela con el pasar de los años,

sino de un polvo más profundo.

Ese que se incrusta en los tejidos y los atrapa

para no soltarlos nunca más.

 

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La isla maldita no acepta cobardes.

Destinada a vivir la mitad del año sin Sol,

cuándo éste se atreve a salir

nunca se va,

condenándonos a noches de luz

y acorralando a la oscuridad que,

sin lugar donde esconderse,

se introduce en nuestros cuerpos

y ya no nos deja escapar.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos