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De pequeño casi me ahogo. Era verano y mis padres habían decidido llevarme a la playa por primera vez. Estaba preparado para entrar al mar y sorprenderles con los nuevos movimientos que me habían enseñando en clase de natación, pero no fue posible. Sabe Dios por qué, se me ocurrió cerrar los ojos y respirar profundamente como había visto hacer a los nadadores profesionales en las Olimpiadas, justo cuando una ola ―pequeña para los adultos de altura media, pero similar a la que aparece en la película La Tormenta Perfecta para mí, un mocoso de nueve años― decidió arrasar conmigo y mis recién estrenadas gafas de bucear ―y si George Clooney no pudo con aquella ola gigante… ¿Qué posibilidades iba a tener yo?

Me la volví a encontrar después de que finalizara mi divorcio. Había sido un año muy complicado, lleno de peleas sin sentido por cosas sin importancia. Al final, tenía la sensación de que solo nos peleábamos por miedo a lo que pasaría cuando todo terminara. No teníamos hijos en común y eso nos facilitaba las cosas, o al menos eso creí al principio. En la práctica, mi marido peleaba por la casa en la playa y el barco como si fueran sus retoños. Y yo, sencillamente, me negaba a que él se quedara con Bob, nuestro perro. Que en realidad era mí perro, pues lo había comprado sin consultarle para que me hiciera compañía ya que «el señor» trabajaba todos los días hasta altas horas de la noche. ¡Y por qué narices quería él ahora a Bob! Que yo recordara, le había sacado como mucho una o dos veces a pasear desde que lo traje de la perrera. Aunque, pensándolo bien, ¿qué iba a hacer yo ahora con un perro? Ni siquiera sabía que iba a hacer con mi vida… Precisamente en eso estaba pensando cuando me topé con Leyla.

Capítulo I

Me llamo Mateo, y como cualquier otro niño de nueve años, me encantan las historias. El día 10 de diciembre de 2003 me regalaron mi primer diario. Bueno, en realidad no era un diario, según mi padre era un cuaderno en el que escribir historias que su madre le había regalado cuando era pequeño. Pero como él no lo había utilizado, ahora había decidido dejarlo en mis manos. Mi padre quería ser periodista. Pero no le dejaron, porque su padre no quería que su hijo fuera pobre. Así que al final decidió ser médico para poder estudiar con sus amigos del colegio. Yo no sé lo que quiero ser de mayor. Pero sé que me gusta contar historias.

 

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Llevo un mes aquí encerrada.
Estoy sola. El techo es blanco.
Sigo sola. Nada ha cambiado.
Me duele todo el cuerpo. Me cuesta respirar.
Miro el reloj. Los segundos pasan,
pero todo sigue igual a mi alrededor.
A veces entra un médico, con su traje protector y su mascarilla.

 

 

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Por fin llegó a casa. Estaba muerta, había pasado todo el día con el culo sobre la silla buscando trabajo. Pero de nuevo, nada interesante. Bueno, sí. Hoy había decidido cambiar de cafetería, y había probado un café que estaba buenísimo. Aunque al cuarto ya le resultó algo excesivo, y ahora estaba cansada, y a la vez tenía ganas de salir a correr por el río y no parar nunca.

No sé qué vendra mañana,

He olvidado lo que pasó ayer.

No sé quién me esperará en la cama,

He pensado en no volver.

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Una realidad paralela

Eso es lo que se decía en la oficina.

La puerta llevaba rota toda la vida.

Y por mucho que lo intentaras,

pasabas la tarjeta por primera vez,

y nada.

Solo a la segunda

el mecanismo reaccionaba.

 

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Y por fin llegó la noche.

La noche de las hogueras, de las calabazas de colores, y de las calaveras.

La noche en la que regresaría a casa.

Para siempre,

Después de veinte años…

Después de una eternidad sin veros.

Sin tocaros.

Sin oleros.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos