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Una realidad paralela

Eso es lo que se decía en la oficina.

La puerta llevaba rota toda la vida.

Y por mucho que lo intentaras,

pasabas la tarjeta por primera vez,

y nada.

Solo a la segunda

el mecanismo reaccionaba.

 

 

¿Funcionará algún día?

Nos preguntábamos entre susurros.

Cientos de técnicos habían pasado ya por ahí,

y aunque lo habían intentado,

todo su esfuerzo había sido en vano.

Eso sí…

Bastante caro.

 

Así surgió el concepto de la realidad paralela.

Rumoreando, entre risas, que

los que conseguían abrir la puerta

a la primera

desaparecían.

«Seguro que en la otra oficina

Las cosas son distintas», decían.

«Seguro que los bolígrafos nunca se pierden;

La impresora nunca se queda sin tinta;

Y la comida de la cantina es exquisita».

 

Un día,

Uno de esos en los que por mucho que el tiempo cunda,

el trabajo siempre abunda,

fui la última en salir de la oficina.

Me quedé sola en toda la planta.

Las pantallas negras se reflejaban en mi cara,

creando 20 perspectivas diferentes de mí misma.

Todas parecidas, pero cada una distinta.

 

Me acerqué a la mesa del jefe,

a coger una carta que,

en teoría,

tenía que enviar de manera urgente.

No obstante, cuando llegué a su escritorio,

no encontré nada más que un sobre

a nombre de otro.

«Qué extraño…»,

pensé yo.

Pues mi jefe tenía fama

de ser un hombre sin tacha.

Y en el tiempo que llevaba trabajando allí,

jamás me había puesto una tarea

que no estuviera perfectamente planeada.

«Igual he entrado en la realidad paralela»,

me dije, sonriendo.

Le di la vuelta a la carta,

y el nombre del destinatario me dejó helada.

¡iba dirigida a mí!

¿Qué significaba aquello?

¿Y qué había ahí dentro?

 

Salí corriendo de la oficina.

Solo quería llegar a casa.

A mi casa.

Tocar mis cosas.

Mi ropa.

Tumbarme en la cama,

que huele a mí.

Acurrucarme con un té,

y echarme a dormir.

 

El despertador sonó,

como siempre,

a las 6 de la mañana.

Un nuevo día se acercaba.

Me levanté, me vestí,

y cuando abrí la nevera

para coger una manzana,

lo único que vi fue una naranja.

Quieta y callada,

como una estatua.

Y cuando quise ponerme

el vestido azulado,

resulta que ahora

parecía blanco.

¡Pero si aún no lo he lavado!

 

Me fui al trabajo.

«Esta semana me tiene agotada.

Está claro».

Cuando llegué a la oficina,

Un hombre me abrió la puerta.

«La han arreglado hoy.

¡Al fin!».

Coincidí.

La situación no podía seguir así…

 

Saludé a mis compañeros

y me senté en mi silla.

Y cuando fui a encender la pantalla,

la que me devolvió la mirada,

¡no era yo!

 

Me quedé pasmada…

Y decidí esperar

a que alguien se diera cuenta

de que esa no era mi cara.

 

Hasta que llegó el jefe.

«María, enciende el ordenador

inmediatamente.

Tengo una entrega urgente».

«Sí, señor», conseguí balbucear.

Y ahora me pregunto…

«Si ésta soy yo…

¿Quién ocupará mi lugar?»

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos