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El vestido estaba lleno de polvo.

Pero no de la típica capa grisácea que se acumula en la tela con el pasar de los años,

sino de un polvo más profundo.

Ese que se incrusta en los tejidos y los atrapa

para no soltarlos nunca más.

Un polvo sucio,

como el que flotaba por la habitación

el día que nos conocimos.

El tipo de polvo que, si hablara,

contaría todas las historias que llevaron al vestido a acabar en el fondo de un baúl.

Encerrado bajo llave para siempre.

 

Podría narrar aquellas fiestas.

La noche en la que se te cayó la copa encima,

muerta de risa.

Los brindis a la salud de todos.

Y a la tuya, sobre todo a la tuya...

Y los amaneceres.

Los amaneceres que siempre llegaban puntuales,

para nuestra desgracia...

Y las horas que pasábamos juntos

recogiendo botellas, globos,

y zapatos perdidos.

Después, taza de café en mano,

solo se escuchaba al fondo el rugido del mar,

siempre bravo. Como tú.

Y te negabas a ir a dormir.

«Porque el día solo acaba de empezar»,

solías decír.

 

Y qué hago ahora yo. Solo.

Ahora que por fin te has dormido.

Que tu vestido está escondido bajo tierra y bajo llave,

porque no soporta vestir otro cuerpo,

y no soporta no haberte pedido que te quedaras,

cuando aún había tiempo.

Al final, se lo acabará comiendo el polvo de nuestros recuerdos.

Y yo lo guardaré, como oro en paño

Hasta que decidas despertar

de tu sueño eterno.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos