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La isla maldita no acepta cobardes.

Destinada a vivir la mitad del año sin Sol,

cuándo éste se atreve a salir

nunca se va,

condenándonos a noches de luz

y acorralando a la oscuridad que,

sin lugar donde esconderse,

se introduce en nuestros cuerpos

y ya no nos deja escapar.

 

Las medias tintas se quedaron congeladas

en algún punto del Atántico.

Allí donde se concentran los recuerdos del ser humano.

Los secretos que guarda madre tierra,

susurrados entre olas,

y que nosotros intentamos ignorar

construyendo ciudades de ruido

y muros de lamentaciones.

 

Algún día yo construiré mi barco

y navegaré hacia el norte,

donde el hielo corta

y la verdad se esconde.

Desharé el hechizo

que tejiste tiempo atrás,

para así recuperar las horas perdidas,

y poder descansar una vez más.

 

Pero el viento es demasiado fuerte

y me impide avanzar.

Y en el fondo aquí no se está tan mal, las luces del norte

me guían de vuelta a casa.

En silencio.

Sabedoras de que los verdaderos secretos son los que susurramos al viento.

Párate. Escucha.

Esa es la verdad.

Saboréala.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos