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Paseaba por la ciudad, perdida

entre canciones que creía olvidadas,

y recorría cada rincón

recordando su compás

e intentando adaptarse

al ritmo de las pisadas

de los peatones que cruzaban.

 

 

Al ir tan pendiente

de los pasos que daba,

la grandeza de los edificios

parecía que aumentaba

cada vez que conseguía

levantar la mirada.

Aunque sus ojos,

raudos,

volvían

a fijarse en el compás,

para no sentirse

desplazada.

 

Cuando llegó a la plaza central,

recordó al músico ambulante

que por allí solía sentarse

cuando solo se le permitía cruzar

de la mano agarrada.

Cuando no tenía que preocuparse por seguir el compás,

de aquellos extraños,

que iban y venían,

con prisa

y sin pararse a observar nada.

 

Trompeta en mano,

guitarra o saxofón colgando,

hacía que las gárgolas de piedra 

de la catedral cercana

bailaran al ritmo de cada nota,

y juraría que hasta las estatuas más pétreas,

por un momento, se volvían brasileñas,

y se zarandeaban al ritmo de la música,

que el hombre tocaba.

 

Un segundo después,

se había olvidado del músico ambulante,

que tanto amaba,

pues solo tenía tiempo para centrarse

en mantener el ritmo de las pisadas,

y sus zapatos, ya gastados,

avanzaban por la ciudad, perdida

sin dejar rastro.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos