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Eras la poesía
que todos conocíamos
pero que ninguno conseguíamos alcanzar.
Eras el viento
que nos impulsaba a salir
las noches de madrugada.
Y también eras
el único que podía convencernos
para echarnos la última.

 


Eras la persona
que nuestra madre no aprobaba.
Eras, literalmente,
ese «salgo a cenar,
no me esperéis despiertos.»
Eras la rabia contenida
propia de nuestra adolescencia.
Pero tardía.
Muy tardía.


A pesar de eso,
eras el primero que se levantaba.
Y el que nos preparaba el desayuno
los domingos por la mañana.
Eras el que nos abrazaba
cuando nos veías tristes.
Eras el único que podía sacarnos una sonrisa
cuando nada salía bien,
y lo dabamos todo por perdido.

Eras nuestro mejor amigo,
Eras nuestro hermano perdido.
Y te echaremos de menos,
porque los amaneceres no son los mismos sin ti.
Y porque los atardeceres son más siniestros
ahora que no estás aquí.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos