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Era una tarde muy oscura,

en el medio del jardín.

Las farolas, todas negras,

ocultaban tu perfil.

 

Sabía que de ti se trataba,

porque siempre me citabas

en antiguos cementerios,

cuyas tumbas nadie ya cuidaba.

Sabía que eras tú,

porque, aunque oscura,

tu figura estaba grabada a fuego en mí.

 

Te diste la vuelta en un momento.

Y lo que yo confundí por ansia,

tus ojos me indicaron

que se trataba de traición.

Y mientras en tu frente se dibujaba un "lo siento",

mi corazón, de un vuelco,

se rompió.

 

Y cuando tu hermano salió de su escondite,

detrás de la estatua del león,

mi espada cayó al suelo,

y, como mi corazón,

se partió en dos.

 

Y tu hermano, con rabia en la mirada,

avanzó hacia mí con decisión.

Y mientras su daga en mi cuello se clavaba,

escuché de tu boca la razón:

"Esto es lo mejor para los dos".

 

Se acabó mi vida,

¡Adiós, dolor!

Menos mal que me dejas ahora,

que mi corazón se parte en dos.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos