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Globetrotter Kiro Urdin

 

 

Entra en el bar después de su quinto whisky

y ya no se acuerda

ni recuerda quién era.

Ni qué fue lo último que dijo al salir de casa.

Ni quién le espera.

Ni siquiera visualiza el cuadro de la entrada,

el que le regaló su hija el otro día,

nada más llegar a casa.

 

Se sienta donde le toca

y su cabeza se mueve al ritmo de la canción que suena.

El ambiente se calienta mientras la gente entra.

Al principio, cree apreciar, el antro estaba vacío.

 

Para cuando el pianista empieza la balada,

la gente ya entraba a bocanadas.

Y, ahora mismo, una marea inundaba la sala.

 

Pedían canciones y charlaban,

sin darse cuenta,

al ritmo de la canción que de fondo se escuchaba.

 

El pianista intentaba concentrarse,

aunque la multitud le intimidaba.

A su derecha, los saxofonistas le miraban,

a la izquierda,

podía visualizar a su mujer en la barra.

Cuando lanzó un ojo a su público,

el tono de aquel zulo le pereció rojizo.

Aunque sabía perfectamente que la sala era blanca.

 

Las caras brillaban,

las sonrisas se contagiaban,

pero los ojos continuaban tristes.

Podía distinguir a los que se habían levantado a las cinco de la mañana;

a los que no habían tenido tiempo para dormir

porque ¿quién tiene tiempo para eso hoy en día?,

Y a los que estaban ayer, y antes de ayer,

y la noche anterior. Porque cuando la música te envuelve,

el bar te hace sentir como en casa.

Porque si no tienes casa, un bar es tu mejor escondite,

un vaso tu mejor amigo,

y la última gota, la última lágrima que no llegó a ser derramada.

 

Las canciones iban pasando,

el humo había aumentado considerablemente,

el pianista estaba cansado.

 

La mezcla de alcohol y tabaco le amodorraba.

Y a veces le venía a la mente su mujer,

a la que creía haber visto coqueteando con el camarero

en la barra.

El ritmo de la música aumentaba,

la gente saltando,

los vasos rotando,

camareros pasando,

pañuelos y corbatas saltando,

una nota y otra,

el sudor le empañaba la vista.

 

El techo se tornó amarillo,

¡Qué digo, lila!

¡Azul!, ¡escarlata!

De repente la música paró.

El hombre del piano yacía en el suelo,

expirando lentamente,

su último aliento.

 

Qué final más poético para el hombre pegado a su piano.

Aunque en el cuadro salga vivo, y sonriendo.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos