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La vi por primera vez aquél día en el parque,

no sé si fue un viernes o un sábado,

pero en cuanto nos sentamos

allí estaba ella delante.

La miré y se me cayó el alma a los pies,

giré la cabeza de nuevo, con curiosidad.

Pero cuando la quise mirar por tercera vez

había desaparecido y ni rastro de ella quedaba.

También la vi la semana siguiente,

aquel día en el que tú faltaste a nuesta cita.

La miré todo lo que quise,

y en mi corazón surgió ese sentimiento

que solo crece en las almas demasiado jóvenes

cuando están haciendo algo que no deben.

«Libertad», pensé.

La cuarta vez que nos cruzamos me enamoré definitivamente.

Y la sentí en mi garganta, ardiendo,

como si el fuego encendiera mi alma.

«Libertad, como te he echado de menos».

No obstante, me di cuenta de que no era el único,

de que todos estábamos enganchados a ella,

y de que no todos lograríamos superarla.

Cada vez me daba más miedo ir al parque,

no quería verla de nuevo, y tampoco me gustaba verla jugar con el resto.

Por miedo me alejé de todo,

y me escondí donde creí que no volvería a encontrarme.


Y cada noche la misma duda,

la misma angustia,

¿Libertad, sabes si te he olvidado ya?

¿Acaso fui yo el que me desenganché o fuiste tú la que decidiste dejarme marchar?

Libertad, no vuelvas más, te lo ruego.

Porque cada vez que te recuerdo,

mi corazón da un vuelco;

Porque es difícil escapar de tu vicio;

Porque cada día veo por la calle a gente encadenada a ti.

Que dejan de pensar y de sentir

si no les miras

como me mirabas a mí.

 

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Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos