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El vestido estaba lleno de polvo.

Pero no de la típica capa grisácea que se acumula en la tela con el pasar de los años,

sino de un polvo más profundo.

Ese que se incrusta en los tejidos y los atrapa

para no soltarlos nunca más.

 

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La isla maldita no acepta cobardes.

Destinada a vivir la mitad del año sin Sol,

cuándo éste se atreve a salir

nunca se va,

condenándonos a noches de luz

y acorralando a la oscuridad que,

sin lugar donde esconderse,

se introduce en nuestros cuerpos

y ya no nos deja escapar.

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Mi primera intención era escribir una novela.

Pero más tarde cambié de idea,

pues toda mi vida la he narrado en rimas,

que, aunque cantarinas,

forman laberintos de poesías

de los que nunca encuentro la salida.

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Eres como un fuego artificial

a punto de explotar.

Sabiendo que el mechero

ya ha encendido su llama

y que es demasiado tarde,

mantiene la esperanza

de que nada estalle,

de que nada cambie.

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Paseaba por la ciudad, perdida

entre canciones que creía olvidadas,

y recorría cada rincón

recordando su compás

e intentando adaptarse

al ritmo de las pisadas

de los peatones que cruzaban.

 

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Eras la poesía
que todos conocíamos
pero que ninguno conseguíamos alcanzar.
Eras el viento
que nos impulsaba a salir
las noches de madrugada.
Y también eras
el único que podía convencernos
para echarnos la última.

 

Si te internas en las entrañas del bosque solo puedes respirar profundamente y esperar que tus ideas no se congelen en el proceso.

 

 

A veces siento

que formo parte de un libro ya impreso

escondido en una librería remota.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos