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Y por fin llegó la noche.

La noche de las hogueras, de las calabazas de colores, y de las calaveras.

La noche en la que regresaría a casa.

Para siempre,

Después de veinte años…

Después de una eternidad sin veros.

Sin tocaros.

Sin oleros.

 

 

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Mientras el jazz sonaba,

sus miradas empezaron a cruzarse.

Rápidas y llenas de excusas.

Cargadas de secretos y de promesas oscuras.

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Tú ibas a ser diferente.

Mi luz en la oscuridad.

Mi cambio de dirección en una recta sin final,

y mi freno en un callejón que nunca tuvo salida.

Contigo todo iba a cambiar.

 

 

 

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El vestido estaba lleno de polvo.

Pero no de la típica capa grisácea que se acumula en la tela con el pasar de los años,

sino de un polvo más profundo.

Ese que se incrusta en los tejidos y los atrapa

para no soltarlos nunca más.

 

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La isla maldita no acepta cobardes.

Destinada a vivir la mitad del año sin Sol,

cuándo éste se atreve a salir

nunca se va,

condenándonos a noches de luz

y acorralando a la oscuridad que,

sin lugar donde esconderse,

se introduce en nuestros cuerpos

y ya no nos deja escapar.

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Mi primera intención era escribir una novela.

Pero más tarde cambié de idea,

pues toda mi vida la he narrado en rimas,

que, aunque cantarinas,

forman laberintos de poesías

de los que nunca encuentro la salida.

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Eres como un fuego artificial

a punto de explotar.

Sabiendo que el mechero

ya ha encendido su llama

y que es demasiado tarde,

mantiene la esperanza

de que nada estalle,

de que nada cambie.

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Paseaba por la ciudad, perdida

entre canciones que creía olvidadas,

y recorría cada rincón

recordando su compás

e intentando adaptarse

al ritmo de las pisadas

de los peatones que cruzaban.

Lo que queremos averiguar, en ocasiones, ya lo sabemos, pero nos perdemos dando palos como ciegos